Adultos, ¡a jugar!

Es importante jugar siempre. Así se conserva la curiosidad, la imaginación y la transgresión.
 
Algunos mitos deben de ser desconsiderados. Uno de ellos es el de que la infancia termina cuando nos hacemos adultos. Quienes piensan de esta forma consideran que la infancia es una etapa de la vida, un ciclo biológico durante el cual el cuerpo crece de manera acelerada e importantes cambios fisiológicos ocurren. Pero existen aquellos que creen que la infancia es más que eso, es un estado de espíritu, lleno de aptitudes que promueven el desarrollo del alma. Al pensar de este modo, aceptan que la infancia no termina al inicio de la edad adulta, al contrario, persiste por toda la vida. Yo estoy en este grupo.
 
Al menos tres atributos son necesarios para que el niño interaccione con el mundo: curiosidad, imaginación y transgresión creativa. La primera sirve para que acelere el proceso de percepción y comprensión del mundo; la segunda, para que cree, en su cabeza, el mundo que desea, sin las dificultades que se va dando cuenta que existen; y la tercera, para que se atreva a modificarlo para dar lugar a su mundo ideal.
 
Sin estas tres características, que nos acompañan desde el nacimiento, probablemente estaríamos aún en la Edad de la Piedra. Fueron éstas las que promovieron la evolución, el desarrollo, todo el conjunto de invenciones a lo largo de estos siglos. Estos atributos son infantiles, primarios, precoces, pero pueden perdurar por toda la vida, conservando, en el adulto que los posea, un aire de niño.
 
El problema aparece cuando crecemos e insistimos en poner fin a estas aptitudes, porque alguien – posiblemente un gran represor – dijo que no son atributos de alguien serio y responsable. ¿Qué habría sido de los inventores, de los artistas, de los poetas, de los científicos y de los grandes promotores de cambio si no hubieran conservado la curiosidad, la imaginación y la transgresión? Einstein dijo que la imaginación es más importante que el conocimiento y, enseguida, se sacó la foto enseñando la lengua, jugando con el fotógrafo y con el mundo.
 
¿Puede el adulto continuar jugando sin parecer ridículo?
 
Escribo este artículo en los Estados Unidos, donde vine a estudiar y a divertirme. Los estadounidenses tienen un dicho curioso sobre este tema: “The difference between men and boys is the price of the toys” (la diferencia entre hombres y niños es el precio de sus juguetes). Ya lo sé, es un dicho con fuerte apelo consumista y de dudoso gusto, pero refleja cómo funciona la cabeza de esta gente que desarrolló la mayor industria de entretenimiento del mundo, además de dar una pista sobre la esencia del ser humano.
 
Aquí conocí casualmente el Dr. Elkhonon Goldberg.  Se trata de un neurocientífico de origen ruso, investigador de la Universidad de Nueva York y autor de varios libros, entre ellos La paradoja de la sabiduría, en el que demuestra que la mente puede mantenerse lúcida y activa pese al envejecimiento del cerebro. Una de las condiciones, insiste, es mantenerse capaz de jugar, especialmente consigo mismo.
 
Cuando llegué a su despacho, la primera pregunta que me hizo el Dr. Goldberg fue si la presencia de animales me molestaba. Le contesté que no, que me gustaban mucho, que tenía en casa dos perras y una gata. Me hizo pasar y pude ver sobre su sofá un inmenso mastín napolitano que atiende por el nombre de Britt. Atender es un decir, porque tardó un buen rato en ceder el sofá para la visita. El Dr. Goldberg es una persona bien humorada. Bromea todo el tiempo, de modo que su imagen puede parecer no coincidir con la de un científico renombrado, por lo menos para los más rigurosos. Pero él es así, y en pocos minutos ya me sentía a gusto.
 
A lo largo de la conversación, nos metimos en el tema de la importancia de los estímulos ambientales para el desarrollo del cerebro y sus argumentos me sorprendieron aún más. Estiró el brazo y cogió de la estantería un libro en ruso, escrito a principios del siglo pasado, en el que el autor ya se refería a este tema. Era un original de Lev Vigotsky, uno de los grandes pensadores de la educación que el mundo ha conocido. Y, para mí sorpresa, traía la dedicatoria de la viuda de Vigotsky, que le había regalado el libro al doctor.
 
Vigotsky dice que en el proceso de jugar el juguete no es un mero utensilio de distracción, sino generador de situaciones imaginarias. Apunta en su libro La formación social de la mente que todo juego, por más libre y espontáneo que pueda parecer, está regido por leyes “ocultas”. La principal de ellas es que el niño cuando juega lo hace espontáneamente, pues juega de ser él mismo, es decir, juega a ser niño. Aunque en su juego, imite a un adulto – un piloto o un bombero, por ejemplo – está jugando como un niño que imita a adulto.
 
El psicólogo ruso concluye que el juego es fundamental para el desarrollo de la mente humana, pues se trata de una idealización de la realidad, a partir de la cual el niño empieza a sentirse como parte del mundo, ejerciendo, incluso, el poder de modificarlo. Mantenerse capaz de jugar a lo largo de la vida es mantener la capacidad de interaccionar con la realidad de la mejor manera: con humor, imaginación y alegría.
 
¿Jugar ayuda a aprender?
 
Fragmentar la diversión como objeto de estudio es algo tan lioso como completar un rompecabezas con más de 1000 piezas, pero tampoco es tan difícil como ganar súper poderes para salvar el mundo del mal. La primera pieza es la que demuestra que el niño sólo se manifiesta de manera entera en la alegría. Es fácil deducir que, si considera el acto de aprender un juego, su capacidad de concentración aumentará mucho. Por lo tanto, jugar ayuda a aprender.
 
Si no juegas es porque aún te falta mucha madurez
 
Esto está explicado por la biología. El biólogo evolucionista Marc Bekoff, de la Universidad de Colorado, al comparar el cerebro humano con el de otros animales, descubrió que existen muchas semejanzas entre ellos. Entre ellas, la producción del neurotransmisor dopamina, responsable por la sensación de alegría y que también auxilia en la construcción de nuevas posibilidades. En otras palabras, auxilia en el aprendizaje.
 
“Jugar proporciona una flexibilidad mental y una conducta más amplia que auxilia el animal en la obtención del éxito en lo que importa: dominancia de grupo, selección de compañeros, prevención de captura y búsqueda por alimento”, dice Bekoff. De este modo, el ser humano y el animal funcionan de manera similar: ambos desarrollan crecientes conexiones nerviosas a lo largo del juego, y éstas les auxilian en la formación de un cerebro más ágil y abierto a lo nuevo.
 
Y hay más gente que, queriéndolo o no, se está metiendo en el tema. Gilles Brougèr, es experto en juegos y juguetes. Coloca un poco de semiótica en la discusión al afirmar que los juegos tienen un significado antropológico y que no están hechos únicamente para pasar el tiempo. “El juguete es uno de los reveladores de nuestra cultura”, dice. Y afirma que, al jugar, revelamos el modo de ser de nuestro grupo humano.
 
El juguete no está a la sombra de la sociedad, revela la identidad social del niño y, consecuentemente, del adulto que será. El juguete es pensamiento en forma de objetos de plástico. Como se nota, no podemos parar de jugar; la humanidad perdería una excelente oportunidad de entenderse a sí misma.
 
Y, ¿en casa? ¿es saludable que una pareja mantenga los juegos entre sí y con sus hijos?
Y mucho. Desde Grecia, los antiguos – y sapientísimos – habitantes ya utilizaban el acto lúdico para crear y jugar. Arquímedes decía que “jugar es la condición fundamental para ser serio”; los atenienses agraciaban con montajes musicales, teatros y comedias a los enfermos; en el siglo 16, los médicos ya decían que el entretenimiento era la mejor medicina para todos los males: “la alegría dilata y calienta el organismo; la tristeza, contrae y enfría el cuerpo.”
 
Si tú, adulto, consciente y responsable, no empezaste a jugar aún, es porque te falta madurez. Déjate llevar por la imaginación, no tengas miedo de ir contra la marea del “ser adulto”, de reír de sí mismo, de abrazar la espontaneidad, correr, gritar, saltar, utilizar la razón solamente cuanto necesario y abusar – y mucho – de la risa.
 
Con relación a los pequeños de la casa, no intentes transformarlos en mini adultos. Estudiar nuevos idiomas puede ser bueno para la mente. Practicar deportes puede estimular el cuerpo. Aprender a tocar violoncelo puede estimular el alma. Pero, ¿desde cuándo abarrotar el día de tu hijo con actividades es mejor? Móvil, ordenador, agenda llena. ¿Cuándo tendrá tiempo para jugar sin prisa y horario?
 
Es difícil conciliar estudio y diversión en tiempos en que las escuelas priorizan la formación de ciudadanos más “competentes para el mercado laboral” que “aptos para la vida”. Sin embargo, es importante destacar que aprender y jugar se complementan. Divertirse estimula la creatividad y abre nuevos caminos para el aprendizaje.
 
No tengas prisa por hacer de tu hijo un pequeño y serio adulto. Él va a adquirir las competencias de los adultos de una manera u otra, cada cosa a su tiempo. Y deja que él te haga recordar tu infancia, un tiempo pasado que puede durar hasta hoy – si quieres – y aprenderás que la infancia no necesita terminar nunca.
 
En el cementerio de Rio de Janeiro hay una lápida diferente. Revela el espíritu que allí descansa. Dice: “Aquí está Fernando Sabino, que nació hombre y murió niño”. Esta fue la frase elegida por el escritor para inmortalizar su mayor valor – su maravillosa capacidad de jugar.