Atención a los hijos

El educador Paulo Freire decía que había aprendido a leer antes de aprender a leer. Es que “antes de leer las letras”, ya sabía “leer el mundo”. “La lectura del mundo precede a la lectura de la palabra y la lectura de la palabra no puede prescindir de la lectura del mundo”, escribió. En la visión del más importante educador brasileño, aquél que no aprende a interpretar lo que el mundo a su alrededor tiene a decirle, tendrá una inmensa dificultad en comprender lo que las palabras impresas en un libro quieren transmitir.
 
Aprendemos varios otros lenguajes antes de aventurarnos en el lenguaje escrito. Es la familia, el hogar al cual pertenecemos, que nos enseña la primera lectura. La descripción hecha por el viejo maestro sobre su infancia y su relación familiar es extremadamente bonita: “Me veo en la casa donde nací, en Recife, cercada por árboles, algunos de ellos eran como personas, tamaña la intimidad que teníamos – en su sombra jugaba y en sus ramas más dóciles me ponía a prueba en riesgos menores que me preparaban para los riesgos y aventuras mayores de la vida que iba a vivir.” Prosigue: “La vieja casa, sus cuartos, su pasillo, su buhardilla, las flores de mi madre, el amplio jardín, fueron mi primer mundo. En ella anduve a gatas, dije las primeras sílabas, me levanté, caminé, hablé. De cada una de estas cosas iba aprendiendo y también de la relación con mis hermanos mayores, con mi madre y mi padre, e incluso con los gatos de la familia – que se liaban en nuestras piernas, con sus maullidos de súplica o de rabia”.
 
La cita anterior fue retirada de un texto de Paulo Freire sobre la importancia de la familia en la construcción del carácter y de la competencia social y productiva de los jóvenes. Para muchos, la familia es la principal célula del tejido social y su grado de organización y salud determina el grado de fortaleza de la sociedad como un todo. Para otros, la familia es una idea burguesa de núcleo conyugal con el objetivo de dar continuidad a los negocios y al patrimonio por herencia. Para Paulo Freire, es el lugar donde empezamos la lectura del mundo, el ambiente que contribuye decisivamente en la formación de nuestro carácter y de nuestro destino. Coincido con Paulo Freire.
 
La familia equipo
 
La reflexión del texto del educador trata sobre el hecho de que las responsabilidades de los padres son mayores que proveer comida, seguridad, educación y salud. Los padres enseñan a sus hijos a leer el mundo. Y la duda que nos alcanza como un golpe de boxeo es: ¿cómo hacerlo?
 
La sociedad de la postguerra y la contemporánea, en particular, desarrollaron nuevas características, nunca antes observadas por la humanidad y que nos indican que la familia ya no es lo que fue. La madre trabaja, es una profesional, tiene proyectos propios. El padre también trabaja mucho, no puede parar de estudiar y está mucho tiempo fuera. Los hijos tienen que cumplir una agenda que incluye muchas cosas además del colegio. Éste es el escenario para la proliferación de la angustia que asola el corazón de los padres de hoy en día: “¿será que lo estoy haciendo de forma correcta?”
 
Me identifico con quien confiesa la angustia de no tener más tiempo para estar con sus hijos pequeños, escuchando sus dudas, leyendo cuentos, apoyándolos en las primeras iniciativas, entendiendo sus dilemas. Viví este capítulo intensamente. Aprendí a duras penas – padre poco experto que era – que el hogar es el primer mundo en que vive un niño y, con lo que encontrará en el mundo exterior, puede significar un gran peligro si, en su primer ambiente, no recibe indicaciones de realidad, aunque atenuadas.
 
Los niños, en el hogar, desarrollan su sistema inmunológico contra las frustraciones
En casa los niños empiezan a crear su sistema inmunológico contra las frustraciones de la vida. La escuela es la segunda instancia, la familia es la primera. Autoestima, autoconfianza, responsabilidad, respeto, curiosidad y determinación no se aprenden en los libros – se desarrollan en la práctica a través de estímulos y ejemplos. Más que el conocimiento teórico, son estas las características que definen las aptitudes de una persona. Estudiar es bueno, aprender, mejor. Y aprender supera el estudiar porque incluye la vivencia.
 
Si la familia es un tipo de equipo, cada uno tiene sus tareas, sus responsabilidades, sus roles a representar. La convivencia exige atención, preparo y organización de los padres, los líderes naturales. Definir horarios para la convivencia familiar no desmerece la relación. Al contrario. La engrandece, una vez que demuestra la importancia que se le da a la familia. El trabajo es importante, pero la familia es fundamental. ¿Por qué destinar a la familia el tiempo que sobra? ¿La convivencia con los suyos vale menos que con los demás?
 
Personas productivas son aquellas que bien aprovechan su tiempo, administran con competencia sus horarios y, de este modo, logran atender más compromisos que los “perdidos en el tiempo”, que son muchos, infelizmente.
 
Existe otra premisa básica: podemos evaluar las relaciones teniendo en cuenta el criterio de cantidad, pero también podemos hacerlo basados en la calidad. En otras palabras, más importante que dedicar mucho tiempo a los hijos, es proporcionarles una intensa y bella convivencia. En una escuela infantil la profesora provocó a sus alumnos con la siguiente cuestión: “¿Cuándo te gusta más tu padre?” La mayoría contestó algo como “Cuando me lleva de paseo”. Un chico dijo: “Me gusta más cuando está entero a mi lado”. Sabía lo que estaba diciendo.
 
Para un niño, estar por entero a su lado significa que el padre no está, al mismo tiempo, leyendo el periódico, viendo la tele o hablando con alguien. Los niños, en un papel secundario, sienten que no les dan importancia e, incluso, que molestan. Estar por entero significa, mirar a los ojos, escuchar verdaderamente sus palabras, contestar con cuidado sus indagaciones. Estar por entero significa ser honesto, verdadero, coherente. Es mejor ser padre por entero por una hora que un padre parcial por diez.
 
Lecciones de la naturaleza
 
Los biólogos nos dan una información muy interesante: la especie humana, entre todas las del planeta, es la más frágil. No somos los más fuertes ni los más veloces, tampoco disponemos de equipos de ataque y defensa, como garras aguzadas y colmillos salientes. No somos numerosos como los insectos, tampoco tenemos caparazones de protección como los cangrejos y caracoles.
 
Aún así, logramos dominar las demás especies y controlar la naturaleza (mejor dicho, descontrolar). ¿Cómo lo hemos logrado si somos desprovistos de equipos anatómicos de supervivencia? Tenemos un cerebro – además de un pulgar opositor que nos permite manipular objetos. Un cerebro como el nuestro posibilitó la confección de herramientas y el desarrollo de estrategias de supervivencia y dominio. Lo demás es historia.
 
Y nos ha ayudado no solamente en la parte lógica. También nos ha dado el sistema límbico, el componente neurológico por el cual experimentamos sentimientos y emociones, somos capaces de amar, añorar, tener celos, rabia, miedo, placer, envidia y ambición.  Ésta fue la parte del cerebro responsable por la tendencia humana a formar grupos, a unirse, y, de este modo, aumentar la oportunidad de supervivencia y control del medio ambiente. El primero de estos grupos fue la familia.
 
Los humanos son la especie en la que los hijos permanecen más tiempo con sus padres, lo que, unido a la capacidad de pensar, tener memoria y dominar el concepto de tiempo, creó un sistema en el cual una generación pasa a la otra todo el conocimiento que adquirió. Una tortuga cuando nace es igual a otra que nació hace miles de años, pues la tortuga madre y la tortuga padre sólo transmiten a sus hijos su carga genética. En nuestro caso, además de la carga genética, los padres entregan a sus hijos la carga cultural que aprendieron con la generación de los abuelos, que, a su vez, aprendieron con sus padres y así sucesivamente.
 
Denominamos civilización a esta línea unida por las generaciones, que se originó de la capacidad que tiene el ser humano de amar y cuidar a sus hijos, enseñándoles habilidades.
 
Tener hijos es un propósito de la naturaleza, de la sociedad y de cada uno de nosotros.
 
Requiere atención, lógica, inteligencia y amor. Además de sentirse amados, nuestros hijos esperan que les enseñemos a “leer el mundo”. Somos diferentes de las demás especies.
 
Somos proveedores de sentimientos y conocimientos. Nos responsabilizamos por los que cautivamos, como dice Saint-Exupéry, pero somos aún más responsables por los que generamos. Kahlil Gibran nos lo alerta en su bello poema sobre los hijos: “La vida no retrocede y no se retarda en el ayer/ Eres el arco del cual tus hijos, como flechas vivas, son disparados/ Que tu inclinación, en la mano de arquero, sea para la alegría.”
 
Traducción: Nylcea Pedra ([email protected])