Cruzando cables

“Me gusta mucho lo que hago, pero quiero saber cómo no trasladar problemas de casa al trabajo y viceversa”
 
Gregorio era el responsable por el sector comercial de su empresa. Lideraba el equipo de ventas, visitaba los clientes para estrechar su relación con la compañía, demostrando interés por sus deseos y necesidades, escuchando opiniones, quejas y también elogios. La verdad es que lo importante no era escuchar a los clientes, sino hacerlos creer que eran escuchados. Su jefe creía que esta conducta aumentaba la fidelización. A Gregorio le gustaba su trabajo, tenía la oportunidad de conocer personas, aprender nuevas cosas, viajar. Pero, su función le impedía de mantener una vida doméstica. Cuando estaba en casa, no conseguía olvidar sus compromisos, su agenda y las metas a ser alcanzadas.
 
Sentía estar perdiendo el control de su vida, aplazando sueños, estancando su desarrollo personal. Su trabajo no estaba de acuerdo con su vida. ¿O sería lo contrario? No lo sabía y sentía que se estaba transformando en una persona que no le gustaba. Una mañana, al despertar de sueños inquietantes, Gregorio se dio cuenta de que se había transformado en un ser repugnante. Ahora era exactamente lo que había cansado de criticar y abominaba: un individuo que vivía por vivir, absorbido por la monótona rutina, diluido por metas imposibles y metabolizado por un impiadoso sistema que clasifica las personas por su potencial productivo. No le gustó nada lo que vio en el espejo. Su apariencia estaba entristecida. ¿Cómo había pasado tan rápido el tiempo sin que se hubiera dado cuenta? ¿Dónde estaban su alegría natural, juvenil, alimentada por el placer de las pequeñas cosas y su entusiasmo de los grandes sueños? Hombre, trabajaba con grandes negocios y sus sueños eran pequeños. ¿En qué se había transformado?
 
Este pequeño artículo está inspirado en La metamorfosis, de Franz Kafka, publicado en 1915. En este libro, Kafka inaugura el realismo mágico en la literatura, contando la historia de Gregor Samsa, que despierta un día transformado en un insecto, más específicamente, en una cucaracha. La trama es absurda, y éste es exactamente el mensaje del autor, deseando denunciar el absurdo de la vida. La metamorfosis de Gregor no es únicamente física. También es psicológica y provoca otras metamorfosis a su alrededor especialmente, en sus padres y hermana, a quienes mantenía.
 
Kafka, antes de ser escritor, había sido abogado en una aseguradora. La escritura de La metamorfosis coincide con un periodo de grandes transformaciones en la sociedad, el aparecimiento de la industrialización, la creación de nuevas clases sociales y nuevas relaciones de poder. Por la misma época, Henry, fundador de la Ford, quejándose de un operario que no presentaba los resultados esperados y decía que se sentía triste, afirmó: “No estás aquí para ser feliz. Estás aquí para trabajar. Sé feliz después del trabajo”.
 
Estábamos en la Revolución Industrial cuando las personas eran vistas como piezas de un gran engranaje productivo. Se estaba firmando el capitalismo como una especie de religión y sus sacerdotes eran los pensadores que pregonaban la productividad, como Taylor, Fayol y Ford. La idea de aumentar la producción optimizando los recursos no era mala, es el principio de la eficiencia – hacer más con menos. No hay nada equivocado en eso. El problema surgió con la masificación de la clase trabajadora, la explotación del hombre por el hombre. La mejor representación de lo qué se pasaba está registrada en la genial película de Chaplin, Tiempos modernos, filmada en 1936, y en la que representa un operario que aprieta tornillos y es “tragado” por la máquina, confundiéndose con engranajes.
Ser responsable en el trabajo no implica poner la familia en segundo plano
Equilibrio deseado
Tardó mucho para que los operarios fuesen respetados como seres humanos. En la misma época de la película de Carlitos, surgieron estudiosos de la sociología del trabajo, entre ellos, la “pitonisa de la gestión”,  Mary Parker Follet, cuyas ideas siguen siendo consideradas avanzadas aún en los días de hoy. Le gustaba estudiar. Se graduó en administración, economía, derecho y filosofía. Escribió tres libros únicamente pero en ellos, y en sus clases y ponencias, revolucionó el pensamiento de la gestión de personas y originó la llamada Escuela de Relaciones Humanas, que trató de devolver al trabajador su dignidad como ser humano. El mundo del trabajo empezó a ver de manera distinta sus “recursos humanos” después de los “tirones de oreja” dados por Mary y Chaplin.
 
En una sociedad que valora la eficacia y el resultado, las personas excesivamente dedicadas al trabajo, comprometidas hasta los huesos con su oficio, ganan estatus, son admiradas y consideradas referencia. Nada en contra, pero debemos cuidar con la exageración. La expresión workaholic surgió para designar el adicto al trabajo, que no consigue dejar de pensar, en ningún momento, en él. Es un tipo de enfermedad, algo que hace daño porque una persona así sacrifica la vida en familia, descuida la salud, no tiene aficiones y cultiva únicamente relaciones laborales. Este desequilibrio termina volviéndose contra su propia carrera.
 
El célebre expresidente de la General Eletrics, Jack Welch, dice: “básicamente, el equilibrio trabajo/vida personal se convirtió  en debate sobre hasta qué punto permitimos que el trabajo absorba nuestra vida”. Y confiesa su propia culpa, por no haber alcanzado el deseado equilibrio. Fue absuelto por su carrera, pero en ningún momento, de su biografía, la considera el motivo de su éxito, y sí a sus rasgos personales, como el espíritu de liderazgo, la disposición para correr riesgos y la creatividad. Le encantaba lo que hacía, lo que le pone en la categoría de worklovers, los apasionados por el trabajo. Al contrario de los workaholics, no sienten que están pasando del límite, pues su trabajo es una especie de diversión. Otro consejo de Welch: “Asume una posición positiva y espárcela a tu alrededor, nunca te dejes transformar en víctima y, ¡por Dios!, ¡Diviértete!” Una estupenda frase que no se aplica únicamente al trabajo, sino también a la vida. Al fin y al cabo, el trabajo forma parte de la vida y no debe ser confundido con ella.
 
En esta idea insiste el profesor Domenico de Masi titular de sociología del trabajo en la Universidad Sapienza de Roma. Se hizo conocido para el gran público en 1995 con la publicación de un libro en el que expone un nuevo concepto para la relación entre hombre y trabajo: El ocio creativo, término que está lejos de proponer una actitud pasiva o contemplativa. Defiende una nueva postura de las personas frente a las tres mayores necesidades sociales: trabajo, estudio y diversión.
 
El autor presenta su versión diciendo que el mundo postcolonial privilegia las personas y las empresas que crean condiciones para que estas tres necesidades se encuentren. Dice que, cuando trabajamos en un lugar en el que estamos aprendiendo y también divirtiéndonos, liberamos nuestra mente para que cree más, produciendo, así, nuevas ideas.
Su propuesta es recuperar el hombre integral, destruido por la Revolución Industrial que separaba el hombre en dos partes: la profesional en la empresa; la personal en casa. Como si fuera posible. La gran inspiración para el concepto de ocio creativo fue retirada de tres observaciones históricas específicas. Primero de los griegos, que solían promover una reunión, denominada simposio, en la que, tras la cena, cada participante, mientras sujetaba la copa de vino, presentaba sus ideas sobre el tema en discusión y, cuando concluía, entregaba la copa, y la palabra, a otro participante. Una reunión placentera, productiva y creativa a la vez.
 
La segunda inspiración vino de los romanos, que se hicieron famosos por sus baños termales presentes por todo el imperio. En ellos, se reunían los ciudadanos romanos para bañarse, recibir masajes, hacer gimnasia, pero también para hablar sobre política, filosofía, problemas de la ciudad y negocios. Pasaban allí todo el día y producían mucho. Otro modelo son los encuentros promovidos por las principales figuras del Iluminismo francés, especialmente Diderot, Rousseau e D´Alembert, los autores de la Enciclopedia, conjunto de obras que marca una nueva era para la humanidad, motivando la diseminación del saber y el interés por la ciencia. Estos hombres se reunían en una casa de campo, trabajaban en equipo, aprendían uno de los otros. También se dedicaban a la música y al entretenimiento. Todos estos son ejemplos de gran creatividad y contribución para la humanidad.
 
No existe otra solución para equilibrar la vida personal y el trabajo que construir una vida armónica. El intento de separar el mundo en dos o más partes termina en una especie de paranoia sin solución. Es fundamental sentir placer en lo que haces. Como también lo es tener una vida personal saludable, con familia, amigos, aficiones e intereses variados. Ser responsable en el trabajo no implica dejar en segundo plano la familia. Quizá sea el momento de revisar valores y llevar a cabo un ejercicio de organización de la vida.