Dinero no lo es todo

Algunas personas ponen en el dinero toda su energía, como si en él estuviera la verdadera fuente de la felicidad. Parece que algo está mal. Pero, ¿qué?
 
El ser humano pasa la vida dedicándose a evitar sufrimientos y a obtener placeres. En rigor, este también es un instinto presente entre los animales – pero nosotros sofisticamos a la enésima potencia los objetivos y también los modos de alcanzarlos. Con nuestra inteligencia y sensibilidad, creamos la ciencia y el arte, el confort y el lujo, la religión y la filosofía, y con ello nos diferenciamos en la naturaleza y dominamos el planeta. Y, para mediar todo eso y facilitar la vida, desarrollamos el dinero. Y, con él, muchos líos.
 
Cuando el dinero fue inventado tenía como finalidad facilitar los cambios. Es que, antes de su aparecimiento, la única alternativa era la práctica de cambio de un producto o un servicio por otro. Por poner un ejemplo: si un creador de gallinas necesitase leche, tendría que ofrecer huevos al creador de vacas. La idea no estaba mal, pero el problema era ir al mercado cargando huevos en el bolsillo. O, peor, litros de leche.
 
Fue cuando alguien tuvo la idea de crear una especie de “medida” para todas las cosas, algo que fuese relativamente raro, pero que pudiese ser rápidamente reconocido y mensurado – como la sal, por ejemplo. Durante mucho tiempo piedras de sal cumplieron el papel de dinero. De este modo, si 5 litros de leche costaban tanto de sal, la persona no necesitaba llevar los huevos, sino una bolsita llena de piedrecitas blancas. Y estas piedrecitas podrían cambiarse luego por huevos, gallinas, pan, ropas, transporte, vivienda o servicios generales.
 
Los empleados, por ejemplo, recibían de sus jefes una cantidad de sal que les permitía atender a sus necesidades de supervivencia. De ahí la palabra “salario” que utilizamos hasta hoy día y, también  la expresión “muy salado”, utilizada en Brasil para decir que algo cuesta mucho. Con el paso del tiempo, la sal fue sustituida por algo más práctico, como piedrecitas con marcas o conchas coloridas, lo que causó la posibilidad de producción indiscriminada de estas unidades de cambio. Entonces, alguien tuvo la idea de cuñar trozos de metal, llamados “monedas”, bajo control de las autoridades del Estado – cualquiera que fuese – para organizar el valor de las cosas y del trabajo de cada uno. De la moneda para el papel-moneda, para la cuenta bancaria y para la tarjeta de crédito fue una cuestión de perfeccionamiento.
 
El mundo se quedó más práctico. Pero el hombre ganó algo difícil de manejar, pues el valor del dinero no es únicamente absoluto, sino también relativo, lo que genera cierto malestar, porque todo lo que es relativo sufre grandes variaciones de valor entre las personas.
Por ejemplo: para algunos, el dinero vale por su poder de cambio; para otros, es signo de poder. Y ahí está el lío: como el valor que las personas atribuyen al dinero es diferente, no es raro que aparezcan conflictos entre ellas.
 
Resumidamente, el dinero no es algo bueno ni malo. Lo bueno y lo malo derivan de lo que se hace con él. Incluso los textos sagrados reflexionan de este modo: “El amor al dinero es la raíz de toda la especie de males”, leemos en la Biblia ( 1 Timoteo 6:10) que desplaza lo malo del dinero en sí para lo que se hace con él y para obtenerlo. No se puede negar que hay personas muy ambiciosas que ostentan sus conquistas y evalúan los demás por su capacidad de ganar dinero.
 
¿Cómo contener la ambición? Ya hemos visto que el dinero no tiene valor en sí mismo, pero vale por lo que puede proporcionar. Por ello, su importancia es relativizada por las necesidades y por los deseos de cada uno, lo que podríamos llamar de grado de ambición.
La ambición no es un mal sentimiento, destructivo, pero puede venir a serlo si se convierte en una obsesión. La ambición puede, incluso, ser vista como un energético existencial, que mueve las personas y el mundo. Y no tiene una moral propia – se apropia de la moral del ambicioso, de su dimensión, de su propósito y deseo.
 
Dos libros muy densos me explicaron algo sobre esto. El primero se titula ¿El Capitalismo es moral?, del filósofo francés André Comte-Sponville, profesor de la Universidad de París. En él aprendí que la ambición no es moral y tampoco inmoral: es amoral.
El autor compara esta virtud humana al agua que cae de las nubes: “La lluvia no es ni buena ni mala, no es moral y tampoco inmoral: está sometida a leyes, a causas, a una racionalidad inmanente que no tiene que ver con nuestros juicios de valor”.
En otras palabras, la ambición es tan natural como un fenómeno meteorológico: puede ser buena o mala, dependiendo de la circunstancia, de la intensidad de lo que hacemos con ella. La ética social maneja  esta cuestión y valora la ambición al mismo tiempo que la critica.
 
¿Cómo entenderlo?
 
Vamos a consultar el segundo libro, El Alma inmoral, del rabino Nilton Bonder, un sofisticado análisis de textos bíblicos y parábolas judaicas sobre los acontecimientos de la vida. En un pasaje el autor cuenta la historia de un hombre rico que va a aconsejarse con un rabino. Al inicio de la consulta quien pregunta es el religioso:
 
– ¿Qué sueles comer? – Soy bastante modesto en mis demandas. Pan, sal y agua, es todo lo que necesito – respondió el hombre creyendo que sería elogiado por la humanidad.
– ¿Qué crees que estás haciendo? Debes comer carne y beber vino como una persona rica (como de hecho lo eres). Luego, los discípulos cuestionaron la sorprendente reacción del rabino, que les explicó prontamente:
– Mientras no coma carne bovina y beba vino, no comprenderá que el hombre pobre necesita de pan. Mientras se alimente de pan, va a creer que el pobre puede alimentarse de piedras. Quien no utiliza todo el potencial de su vida de algún modo disminuye el potencial de todos los demás. Si fuéramos todos más valerosos y temiéramos menos la posibilidad de ser perversos, viviríamos en un mundo de menos interdicciones desnecesarias y de mejor cualidad.
 
De hecho, las limitaciones superfluas son un bloqueo para el flujo de la evolución tanto como las adquisiciones superfluas. En otras palabras, el muy ambicioso y el poco ambicioso son igualmente perjudiciales a la sociedad. La búsqueda debe de ser por la ambición saludable, en la medida exacta en que la persona se aleje del conformismo, pero no se acerque a la ganancia.