Egoísmo

¿Es normal pensar primero en uno mismo? ¿Cómo saber si no son demasiado egoístas nuestras actitudes?
 
Imagínate en un avión y que, de repente, el comisario de a bordo anuncia que están con una despresurización en la aeronave y que todos deben ponerse la máscara de oxígeno. A tu lado, está sentado un chico con los dos brazos escayolados. Incluso notando su desesperación, te pones primero tu máscara para, entonces, ayudarlo.
Con este ejemplo, ¿podrías ser considerado egoísta porque pensaste primero en ti y después en el otro? Claro que no. Fuiste previdente y correcto. Seguiste la conducta orientada por los tripulantes antes de empezar el vuelo. Ayúdate antes, pues, si intentas ayudar al otro primero, podrás sentirte mal y comprometer la seguridad de ambos.
 
Esta pequeña norma de seguridad aérea es una especie de metáfora de la vida. Cuidarse antes de cuidar al otro tiene algo de altruista. Al cuidar de nosotros mismos, le sacamos esa responsabilidad a otra persona y, además, estaremos lo suficiente bien para ayudar a quien lo necesite. Pero, si después de ajustar tu máscara sobre la nariz y la boca, recuperando la respiración normal, sigues sin interesarte en auxiliar a tu vecino de viaje, no eres solamente egoísta, sino omiso.
 
Y es justamente en este pormenor (¿o sería un “pormayor”?) que reside la diferencia entre los dos tipos de egoísmo. Hay el egoísmo normal, e incluso ético, de asumir la responsabilidad por uno mismo, por su seguridad y por la resolución de sus necesidades fundamentales; y hay el mal egoísmo, patológico, propio de quien no demuestra interés por el otro. Éste no piensa primero en sí,  sólo piensa en sí.
 
¿Es el egoísmo propio de la condición humana?
 
Esta es una antigua pregunta. En 1651, el filósofo inglés Thomas Hobbes publicó su libro más importante,  Leviatán. Hobbes aseguraba que el hombre nacía mezquino y egoísta y que, para que pudiera existir una sociedad equilibrada, con respeto mutuo y preocupación con lo colectivo, sería necesario un monarca – electo o no -, capaz de controlar los individuos y llevarlos a actuar dentro de un sistema social equilibrado.
 
A este monarca denominaba Leviatán, nombre prestado de un monstruo bíblico, del libro de Job, capítulo 41, y mostrado como una criatura maligna que habita los más profundos mares. Una especie de Moby Dick con cabeza de cocodrilo que asustó a los marineros durante siglos. La única manera de salvarse de la criatura era trabajar como un verdadero equipo, en el que cada uno se preocupa con el bienestar de los demás, pues sabe que también depende de cada uno de ellos.
 
El hombre es egoísta, y al mismo tiempo gregario. Quiere dominar, pero se somete al otro
Hobbes pensaba que, si el ser humano siguiera en su estado de avaricia natural, correría el serio riesgo de extinción. Frente a ello, era necesario que la sociedad se reuniera y constituyera una entidad suprapersonal denominada Estado. El Leviatán representaría el poder del Estado, dictaría las leyes y tendría la prerrogativa de punir quienes las infringiesen. Todos serían libres por derecho, pero a los infractores de la ley, se les castigaría con la suspensión de este derecho.
 
Al contrario de Rousseau, que creía que el hombre nace bueno y que la sociedad lo corrompe, Hobbes insistía que el hombre nace malo, egoísta, y la sociedad lo mantiene actuando de forma positiva a través del contrato social aprendido (educación) o impuesto (leyes).
 
Como se nota, el tema es recurrente y está presente en los círculos de psicología y filosofía desde hace mucho. Pero, dejando a un lado la discusión sobre quién apareció antes – el huevo o la gallina, el egoísmo o el altruismo -, no podemos negar las sutilezas que cercan el tema.
 
Recientemente, quien profundizó esta cuestión fue el biólogo inglés Richard Dawkins, autor de El gen egoísta. En este estudio, el evolucionista afirma que la avaricia no aparece después del nacimiento, sino, antes de él, en el gen, la estructura más básica del ser vivo. Para Dawkins, el instinto de preservación de la especie hizo que la naturaleza “donase” a cada una de sus criaturas un instinto egoísta presente incluso en la más ínfima célula.
 
El científico concluye que las minúsculas partículas de ADN estarían, en este exacto momento, luchando dentro de ti, para sobrevivir a una interminable pelea por la supervivencia de la especie: “El hombre, para los genes, es una máquina, un vehículo, un robot programado para preservar sus genes egoístas. El mundo de esta máquina de los genes es de feroz competición, de exploración impiadosa, de falsedad”, escribe.
Sin embargo, si es egoísta el gen, ¿por qué vive en grupo? Y aquí está la más bella paradoja que el autor se aprisa en explicar. Lo que sucede es que cada gen también tiene un comportamiento gregario, como un jugador de fútbol que disputa un “Campeonato Genético”. Incluso si fuera el “Fenómeno” de los genes, de nada valdrían sus jugadas si el equipo no le ayudara.
 
Así como el gen, el hombre es incapaz de vivir solo. Piensa rápido: ¿quién plantó el café que has tomado hoy? ¿Quién ha editado la revista que ahora lees? ¿Quién te ha enseñado a leer? El hombre es egoísta, y también, gregario. Quiere dominar, pero se somete al otro. Es lo que el consultor de ética empresarial Antonio Stanziani, denomina como “principio de reconocimiento del vecindario”.
 
¿Egoísmo es diferente de egocentrismo y de individualismo?
 
Egoísmo y egocentrismo pueden tener algún parecido, pero no son la misma cosa. El egocentrismo es innato. Todos nacemos mirándonos al ombligo, al paso que el egoísmo surge más tarde, cuando pasamos a reconocer la existencia de los demás. El viejo avaro se asemeja al niño mimado: el pequeño te deja “chupando el dedo”, mientras lame una piruleta delante de ti. El adulto te deja con “manos libres”, mientras contabiliza los lucros recibidos por tu trabajo.
 
Según estudios de la psicología del desarrollo, todo bebé es egocéntrico porque no puede compararse con otro, sino consigo mismo. Es natural que se considere el centro del mundo, pues todavía no tiene la experiencia de alteridad (no distingue y no reconoce la existencia del otro). El niño ve a sí y a su madre como una única persona. Hasta los tres años no ve más allá de sus límites. “Es normal. Se trata de una de las etapas del desarrollo infantil por la cual pasamos todos”, afirma Márcia Reda, psicopedagoga.
 
Como el bebé no tiene la capacidad de realizar juzgamientos morales, es natural que defienda sus propias necesidades y que se porte, desde el primer llanto, como un pequeño egoísta. Los principales responsables de que se desprenda de su propio ombligo son sus padres. Son ellos los que delimitan el horario de mamar, de dormir, de jugar, de bañarse. Y, a medida que el pequeño crece, construye nuevos valores de acuerdo con las experiencias que vive y selecciona – lo que debe o no ser hecho, si está bien o mal, si es una cosa u otra, si será egoísta o generoso.
 
Pero, ¿cómo  será generoso un niño hoy día cuando cada uno anda a lo suyo? ¿Hijos únicos son más mimados? ¿Qué hacer? ¿Cómo educarlos? Sobre el mito del hijo único, la profesora Carla Inácio Gonçalves es enfática: “Hoy día, una gran familia puede tener varios ´hijos únicos´”, afirma.
 
Y es en este punto que entra el tema de la individualidad. En la opinión del consultor Stanziani, la sociedad se está volviendo, de hecho, más egoísta. “Hoy se priorizan los valores individuales lo que crea personas menos dispuestas a sacrificar sus intereses por los intereses de otros”, afirma.
 
No todo está perdido, pero, como afirma la psicopedagoga Márcia Reda, el cambio debe comenzar temprano, en casa. “La familia tiene que encontrar el equilibrio entre el tiempo que cada uno tiene para sí y el que dispone para el hijo. De nada sirve pasar todo un día con el pequeño y no interaccionar con él”, dice.
 
Contestar una llamada, ver la tele, planchar o hacer cualquier cosa que distraiga los padres del niño es hora-cantidad y no tiempo-calidad. “Es mejor estar solamente dos horas con el hijo que pasar un día sin escucharlo”, afirma Márcia.
 
No pienses que individualismo es sinónimo de egoísmo. El que aprecia la vida privada y no desconsidera la realización del otro no es mezquino. El egoísmo no es malo, si no es exagerado.
 
Buen egoísmo, ¿existe?
 
En el siglo 18, el economista escocés Adam Smith ya veía el egoísmo como el motor de la sociedad. “No es de la benevolencia del panadero, del carnicero o del cervecero que espero que salga mi cena, sino del empeño de cada uno de ellos en promover su ´autointerés´”, escribió Smith. Por este raciocinio, todo el bienestar social tendría origen personal. Cuando cada uno se esfuerza para su proprio provecho, contribuye a la colectividad.
Adam Smith creía que la libre competencia acarrearía la caída de precios de los productos y promovería innovaciones tecnológicas que baratearían el coste de producción y vencerían sobre los competidores. De esta manera, el comerciante, movido por su propio interés egoísta (self-interest), y guiado por una mano invisible, promovería algo que no formaba parte de su propósito original: el bienestar de la sociedad.
 
Ningún acto humano es totalmente desinteresado, gratuito. Ni el altruismo. Es el impulso egoísta que mueve la mano para que se realice el interés colectivo. Quizá sea por eso que la vida nos recuerde la imagen de una moneda girando alrededor de sí misma. En este caso, ella tiene las dos caras, la del egoísmo y la del altruismo. Los dos giran sobre sí, oscilan, a veces se mezclan y se funden en una. De tiempos en tiempos sale cara: juzgamos ser eternos, centramos los deseos sobre nosotros mismos. De tiempos en tiempos sale cruz: maduramos y pasamos a creer que no vivimos únicamente para nosotros mismos, sino para una entidad mucho más grande: la humanidad a la cual pertenecemos.