El paso del tiempo

Los griegos, que encontraban explicación para todo en las fuerzas emanadas por el monte Olimpo, no se contentaban con tener un sólo dios del tiempo, tenían dos: Kronos y Kairós. Un único dios griego no sería suficiente para explicar la relación del hombre con el tiempo, tamaña la tensión existente entre ambos.
 
La única hazaña en la que el hombre logró superar el tiempo fue en la de conseguir medirlo. Para ello, analizó ciclos, como los movimientos de la Luna y del Sol, observó su efecto sobre la naturaleza y, entonces, estandarizó los tiempos del año, de las estaciones y de los días, posteriormente divididos en fracciones, llamadas horas, minutos, segundos. En su arrogancia, el hombre creyó que, al medir el tiempo, lo controlaría. Dulce ilusión. Las medidas sirvieron para aumentar la sensación de paso veloz del tiempo, que nos escurre por las manos, como agua.
 
No todo está perdido. Nosotros, humanos, podemos ser únicamente simples mortales, pero tenemos una herramienta que nos permite controlar, si no el tiempo, nuestra propia existencia. Esta herramienta se llama conciencia. Ella nos permite convivir con el tiempo basándonos en tres visiones: la de la física, de la metafísica y de la ética. Desde el punto de vista físico, el tiempo puede ser medido. En el ámbito de la metafísica, puede ser sentido. Y, de acuerdo con la ética, el tiempo debe ser vivido.
 
La física es la relación más obvia. Con un objeto físico pasamos a medir el tiempo: el reloj. Sin embargo, él sólo nos avisa que el tiempo pasa – qué haremos con esta información es nuestro problema. Desde el punto de vista de lo que está más allá de la física, el tiempo es un sentimiento, por lo tanto tiene duración variable, contrariando a los relojes. Un ejemplo: dos minutos en el dentista son más largos que 16 minutos escuchando Bolero de Ravel al lado de la persona amada.
 
En cuanto a la ética, nos alerta de un hecho obvio para los más consientes: el tiempo es un recurso escaso que no puede ser repuesto y su calidad depende de lo que hagamos con él. Como dice Marcel Proust: “El amor es el espacio y el tiempo hechos sensibles al corazón”. Y él entendía del tema, pues se dedicó más de una década a la escritura de cerca de 4 mil páginas, publicadas en siete tomos dedicados a la relación humana con sus valores, entre ellos, el tiempo. A esta obra completa el autor francés intituló En busca del tiempo perdido. En el último tomo, El tiempo reencontrado, hace varias incursiones al pasado y descubre que sólo la memoria puede depararse con el tiempo y que nuestra paz interior es proporcional a lo que la memoria encuentra en este regreso al pasado, es decir, la cualidad que le dimos al tiempo que nos fue dado a vivir.


 
Podemos sentir el tiempo y medirlo. Entonces, ¿está a nuestra disposición?
 
El tiempo está a nuestra disposición, pero es él el que dispone de nosotros, por ello, establecer con el tiempo una relación de paz es un acto de sabiduría. Sentir y medir el tiempo son cosas semejantes, pues los dos nos permiten observar su paso ininterrumpido. ¿Cómo? Bien, medir y sentir el paso de las horas son iniciativas útiles, pues nos ayudan a decidir qué haremos con el tiempo que disponemos. De este modo, nuestra paz con el tiempo es directamente proporcional a la paz que establecemos con nuestras elecciones y decisiones. Y estas, son personales, relativas a los valores de cada uno.
 
El científico inglés Stephen Hawking, que ocupa en la Universidad de Cambridge la misma silla que fue ocupada por Newton, escribió un libro titulado Una breve historia del tiempo. En determinado momento, en medio a intrincados conceptos científicos, pondera que el tiempo tiene que ser analizado con base en tres flechas: la flecha cosmológica, que explica la expansión del Universo; la flecha termodinámica, que explica el constante cambio de las cosas; y la flecha psicológica.
 
El físico más importante de la actualidad no logra analizar los hechos del tiempo sin recurrir a la psicología. Los intrincados enigmas de la materia se relacionan desde siempre con los misterios del tiempo, pero, cuando el hombre pasa a protagonizar esta puesta en escena, en el escenario del Universo, sus pensamientos y sentimientos agregan nuevos ingredientes al guión, a veces de comedia, a veces de tragedia.
 
La mayor contribución de la física en este tema es la idea de la relatividad. Los sofisticados descubrimientos de Einstein sobre la velocidad de la luz nos condujeron a abandonar la idea de tiempo único y absoluto. De este modo: “El tiempo se ha convertido en un concepto más personal, más relativo al observador que lo está midiendo”, dice Hawking. Nuestra relación con el tiempo se construye basada en nuestros valores, opciones, decisiones y culpas. El tiempo es psicológico. Dedico más tiempo a lo que me vale más. Lo difícil es conocer nuestros valores.
 
Volviendo a los griegos, Kronos es el dios del tiempo medido, por eso utilizamos expresiones como cronograma, cronología, cronómetro. En los libros de mitología, es representado como un dios malo, que come sus propios hijos, simbolizando lo que hace el tiempo con nosotros actualmente – parece que nos devora. Al paso que Kairós es el dios del tiempo vivido, de las decisiones que tomamos, de la manera como aprovechamos la vida. Kronos es cuantitativo, Kairós es cualitativo.
 
La primera sensación es la de que Kronos es inimigo y Kairós, amigo. El primero quiere subyugar y el segundo liberar. Mera sensación, pues, en la práctica, necesitamos de ambos, una vez que no podemos elegir la felicidad sin organizarnos para alcanzarla. Kairós nos da la mano, Kronos nos empuja. Pero es necesario saber qué queremos y que logremos organizarnos.


 
¿La sabiduría consiste en establecer una conexión entre los valores personales y la gestión del tiempo disponible?
 
La mitología ilustra muy bien esta agonía humana. Zeus, el más poderoso dios del Olimpo griego, era hijo de Kronos, pero ninguno de los dos conocía este parentesco, mantenido en secreto por Rea, madre de los hijos de Kronos. Zeus sólo asume la posición de poder cuando le enfrenta y le vence a Kronos en una batalla. Había sido sabiamente instruido a no matar su opositor, pues estaría matando el propio tiempo y entonces se quedaría aprisionado en el instante, sin futuro ni memoria.
 
La estrategia de Zeus fue vencer a Kronos cortándole los tendones y atando su cabeza a los pies, creando un círculo con su cuerpo. A partir de entonces, el dios del tiempo también pasó a ser el dios de las acciones repetitivas, como el día y la noche y las estaciones del año, eventos cíclicos.
 
En la práctica, Zeus conquistó a Kronos y le dominó, le administró. Nuestra vida moderna no es muy diferente de eso. Todos tenemos 24 horas a cada día a nuestra disposición, pero estoy seguro de que conoces personas que aprovechan bien estas horas, producen, trabajan, estudian, se cuidan, se divierten, cultivan las relaciones. Y también conoces a otros que se quejan de la falta de tiempo, de la velocidad de los acontecimientos, de la sensación de impermanencia y de la falta de control. En la práctica, lo que ocurre es exactamente la falta de control, de acción de la lógica en la organización de sus prioridades.
 
La agenda no esclaviza, al contrario, libera, confiere autonomía, posibilidades, alcances.
Gestión es la segunda palabra clave. La primera es elección. Hacemos nuestras elecciones basados en nuestros valores y creamos estrategias para alcanzar nuestros propósitos. Estrategias dependen de recursos, entre ellos, el más caro y raro: el tiempo.
 
¿Lo ideal sería establecer una relación lógica entre presente, pasado y futuro?
 
Se dice frecuentemente que lo único real es el presente, pues el pasado ya no existe y el futuro está por venir. Hay una lógica en esta observación, pero es una lógica primitiva, pues los tiempos son totalmente interconectados e interdependientes.
 
Es cierto que el presente es la única realidad práctica, pero también es verdad que es en este instante que se insertan el pasado y el futuro. En la dimensión temporal actual, el pasado recibe el nombre de memoria y el futuro tiene varios seudónimos como sueño, deseo, miedo y esperanza.
 
El futuro no es algo que va a existir. El futuro existe ahora. A propósito, el futuro sólo existe en el presente, porque, cuando en futuro, el futuro será presente y dejará de ser futuro.
 
Parece obvio, pero escapa a la percepción cotidiana de la mayoría de la gente. Y también escapa el hecho de que el futuro se volverá presente y, cuando ocurra, será mejor o peor, dependiendo de las medidas tomadas en el presente, en este exacto momento.
 
En otras palabras, vivimos únicamente el presente, pero estamos fuertemente conectados al pasado que nos enseña y al futuro que nos motiva. Vivir es estar atado a esa tríade temporal, dulce o amarga, dependiendo de la conciencia de cada uno. Reatar con el tiempo es la verdadera sabiduría. Sin embargo, “la sabiduría no se trasmite, es necesario que la descubramos haciendo una caminada que nadie puede hacer en nuestro lugar y que nadie nos puede evitar, porque la sabiduría es una manera de ver las cosas”, también dice Proust.
 
De hecho, la sabiduría es una manera de ver las cosas, y exige intención, disposición y valor. El problema es que desarrollamos esas tres cualidades en diferentes épocas de nuestras vidas, por ello la madurez a veces tarda, pues depende del tiempo. Este mismo tiempo que exige madurez para ser bien elegido y controlado, en otras palabras, para ser muy bien vivido.
 
Traducción: Nylcea Pedra ([email protected])