Fuerza interior

Frecuentemente se dice que tenemos que utilizar nuestra fuerza interior especialmente cuando debemos enfrentarnos a una dificultad. Pero, ¿en qué consiste esta fuerza?
 
Hay los que, ante las adversidades, crecen y aprovechan para transformarse en mejores personas. Y hay los que se dejan destruir simplemente. Lo que determina la diferencia entre estos dos tipos de persona me ha intrigado siempre.
 
En la mitad de la década de los 90, pasé por un periodo de sufrimiento. Atravesaba una crisis profesional, financiera y afectiva. Cada día parecía un fardo a ser cargado, y cada vez pesaba más. En estos momentos de crisis, me gusta leer. Y entre las varias lecturas que hice estaba el libro Poder sin Límites, del estadounidense Anthony Robbins, una especie de gurú del éxito. A pesar de ser superficial la mayor parte del tiempo,  es de este libro la cita del primer párrafo y, confieso, que me ha llamado la atención. Por una parte por curiosidad científica y por la otra porque no quería, es evidente, dejarme vencer por aquel momento difícil.
 
¿Sería posible transformar un mal momento, un periodo de desesperanza, en energía para avanzar? ¿La derrota sería solamente una ilusión, un rito de pasaje para una victoria personal más grande y más duradera? ¿Cómo realizar la metamorfosis kafkiana al revés, haciendo surgir un nuevo hombre a partir de un ser amorfo y repugnante? ¿Lo lograría yo?
Son únicamente preguntas, pero desde Sócrates sabemos que las preguntas son más importantes que las respuestas, porque generan la búsqueda, el movimiento, la acción. La respuesta interrumpe, paraliza. Y probablemente fueron las anteriores preguntas las que me llevaron a una búsqueda por mí mismo, mejor dicho, a querer encontrar aquel hombre que crece en la adversidad, que se agranda ante la crisis porque se utiliza de su fuerza interior para confrontar la influencia exterior. Fue lo que sucedió.
 
Encontré la fuerza necesaria y suficiente para ganar un partido que parecía perdido, pero eso no es privilegio mío. Todos somos usinas de energía vital, esa fuerza que se convierte en trabajo, que se transforma en acción, que provoca el cambio. El mérito está en movilizar esta energía, pues tenemos represas emocionales que impiden que la utilicemos. Ante la dificultad, podemos paralizarnos, quedarnos perplejos o pasmados con la injusticia de la vida no ser exactamente como queríamos. Y corremos el riesgo de acomodarnos en la esperanza que la solución venga de fuera, en manos de un superhéroe o de un ángel salvador.
 
No se trata de eso. La solución tiene que surgir desde adentro. Nietzsche decía que el hombre superior es aquel que consigue vencer sus enemigos interiores, sugiriendo que sólo podemos ser derrotados por nosotros mismos. Queda claro que todo lo que nos ocurre tiene un componente externo, pero uno interno también: el propio yo, que es más fuerte de lo que imaginamos, y que por veces no lo creemos. Asumir la responsabilidad es el mejor indicativo de madurez y el primer paso para la liberación de la fuerza interior.
El despertar de la fuerza interior puede ocurrir por exigencia del destino o por voluntad propia.
 
¿Cómo se moviliza esta fuerza interior?
 
Cuando pienso en fuerzas me recuerdo de Carneiro, el mejor profesor que tuve en el preparatorio de selectividad. Impartía Mecánica, la parte de la Física que estudia la dinámica de los cuerpos. “Para producir o alterar el movimiento de un cuerpo es necesaria la aplicación de una fuerza”, decía. “O sea, fuerza es el agente capaz de modificar el estado de un objeto físico.”
 
Siempre pensaba cuál sería el equivalente humano para esta fuerza transformadora. Si existen tantos tipos de energía, el ser humano debería poseer un tipo especial, personal, que le proveyera de fuerzas para trabajar, producir arte, superar adversidades, construir historia. No es posible que seamos únicamente depósitos de combustible orgánico obtenido por la comida, capaz de ser oxidada para poder levantar una piedra. No podía aceptar ser únicamente entrepuesto energético, como un río en movimiento o una mina de carbón.
 
La Física, con todo su esplendor lógico, es insuficiente para explicar el espectacular conjunto de procesos que permite al hombre superar cualquier otra fuerza natural, y que no puede ser represado o ensacado como combustible fósil o renovable. Tardé en entender este misterio, y no lo hice en los compendios de física, sino en los saberes de la psicología, en la literatura y en la vida.
 
Escribo este artículo en la semana que el mundo reverencia los 70 años de muerte de Freud. Es inmensa su importancia para la comprensión del alma humana, y eso se debe a su trabajo personal y al de sus seguidores, muchos a lo largo de su vida, y miles hoy día, que ampliaron sus ideas, ayudando al ser humano a comprenderse.
 
Entre sus discípulos directos, Erik Erikson, un joven artista plástico alemán que se encantó con el psicoanálisis, cambió de área, trabajó al lado de Ana, la hija de Freud, y emigró para los Estados Unidos, donde ejerció en la Universidad de Havard como profesor e investigador. Su centro de interés era el ego y su influencia en las relaciones interpersonales.
 
A Erikson debemos la expresión “fuerza del ego”, que nos ayuda a comprender la conducta humana. Según sus observaciones, estamos programados para desarrollar algunas virtudes, que serían estados de orientación para el bien y para la evolución. Son ellas: la esperanza, la voluntad, el propósito, la competencia, la fidelidad, el amor, el cuidado y la sabiduría. A este conjunto de virtudes llamamos fuerza interior, una vez que quien está dotado de estas calidades posee todas las condiciones para reaccionar ante las adversidades y alcanzar los objetivos deseados.
 
Sin embargo, Erikson explica que el desarrollo de esta integridad psicológica depende de fases psicosociales, cada una con sus propiedades particulares. En cada uno de los periodos de formación del niño, del joven y del adulto, el hombre desarrolla virtudes emocionales que le permitirán enfrentarse a la vida. Como estas fases son psicológicas, pero también sociales, el medio ambiente y las relaciones familiares y de amistad son determinantes en la formación de este conjunto de virtudes.
 
Para desarrollarlas, se hace necesario encontrar propósitos para la vida, desarrollar conocimientos, entrenar la disciplina y conseguir crear relaciones humanas constructivas. Es un tipo de inversión, un trabajo que no tiene fin. Son mecanismos de liberación de la fuerza vital que deben ser creados, pues nacemos con la fuerza, pero necesitamos aprender a manejarla.
 
¿Son las situaciones difíciles de la vida capaces de estimular la liberación de una fuerza que desconocíamos?
 
Cada ser humano es un Adán que puede convertirse en He-man con la invocación de su poder, pero esto debe de ser realizado con convicción. El personaje del dibujo animado que entretuvo a los niños en las décadas de los 80 y 90 no levantaba la espada y anunciaba “Por los poderes de Grayskulll… ¡Yo tengo el poder!”, si no fuera realmente necesario. Era el peligro que liberaba la energía que transformaba al flacucho, en cachas; al miedoso en héroe.
 
Podemos decir que prácticamente no corremos riesgos físicos en la sociedad moderna, como pasaba en Eternia, el planeta de He-Man y She-Ra. En cambio, corremos peligros emocionales aún más grandes, pues todos los días la posibilidad del fracaso, las pérdidas afectivas, las dudas existenciales, los problemas profesionales y financieros nos asombran. Y todos los días tenemos la oportunidad y la necesidad de anunciar nuestra fuerza, aunque, a veces, algunas personas no lo hagan.
 
En el mismo año que me preparaba para la selectividad vi la película Dr. Zhivago, basada en la novela de Boris Pasternak, que cuenta la historia de personas comunes atingidas por la revolución rusa, probablemente uno de los periodos más turbulentos ya vividos por la humanidad. Me recuerdo haber sido difícil creer que todo aquello pudiera ser verdad. Aquel sufrimiento en cascada, aquella sucesión de desgracias. El joven médico Yuri preso, privado de su familia, secuestrado por los bolcheviques para prestarles servicios y, aún más, la duda entre el amor por su esposa y la pasión por Lara.
 
Todo este drama épico me dejó un tatuaje emocional. Descubrí que podemos aprender mucho sobre el alma humana a través de la literatura, principalmente de los clásicos rusos. Estos, como nadie, relatan la guerra, la injusticia, el invierno, el hambre, el dolor. Y dejan claro que nada supera la fuerza del ser humano.
 
El destino no pregunta si estamos dispuestos, simplemente nos presenta lo que le da la gana. Estaba yo en Florianópolis en la gran inundación de 1983 y presencié escenas explícitas de grandiosidad humana. Era un embate entre la fuerza de los elementos y la fuerza del alma de las personas. Me recuerdo de haber conocido José Carlos, un joven padre de familia que, al llegar a su casa, no la encontró. Había sido llevada por la riada, que por muy poco no llevara a su mujer y a sus dos hijos pequeños, que habían logrado salir.
 
Cuando le pregunté: “¿Y ahora qué?”, me miró con seriedad, suspiró y me dijo: “Ahora es empezar de nuevo”. Y empezó, persistió y reconquistó su casa –mejor que la anterior.
Sí, la necesidad obliga. “El sapo salta por necesidad, no por belleza”, dice el escritor Guimarães Rosa. La fuerza interior existe, pero es virtual. No puede ser percibida sino cuando solicitada verdaderamente. Y eso puede ocurrir por dos motivos: por exigencia del destino o por orden de la voluntad. O por ambos.
 
“Herramientas tienes, no busques en balde”, dijo Fernando Pessoa en uno de sus bellos poemas que nos ponen en contacto con nosotros mismos. “Ten el corazón sensible y usa la fuerza de la mente”, termina el verso. La herramienta está en nosotros, necesitamos saber utilizarla.