Generosidad

¿Qué importancia tiene la generosidad en un mundo cada día más egoísta?
 
Existen muchas historias de familias que encontraron escritos de sus padres o abuelos en viejos baúles abiertos después de sus muertes. En la película Los puentes de Madison, los hijos descubren la gran historia de amor vivida por su madre, de la cual su padre no era el protagonista. La historia había durado solamente unos días, los suficientes para marcar la existencia de aquella mujer, un ama de casa, interpretada por Meryl Streep, que se enamora del fotógrafo vivido por Clint Eastwood. Los dos, pese al deseo de los espectadores, no terminan juntos, porque ella decide no abandonar a su familia, sofocando su amor y optando por continuar viviendo alimentada por el recuerdo de aquella historia romántica.
 
Algo semejante le ha pasado a mi amiga Ruth cuando su madre asumió la tarea de dar un destino a las cosas de la abuela muerta. Fue en una cajita de madera que encontraron una libreta con apuntes sobre sus actividades, un registro de cómo ocupaba su día.
Descubrieron que en las tardes que decía ir a un centro de tercera edad a divertirse, la abuela, en realidad, se dedicaba a un trabajo voluntario en una residencia para mayores, algunos más jóvenes que ella, pero con menos salud y más tristeza. Registraba acontecimientos,  los momentos alegres, como las fiestas para celebrar alguna fecha especial o los días dedicados a “celebrar la vida”, para utilizarnos de sus palabras; y también los tristes, como las frecuentes muertes y sus crisis personales causadas por la sensación de abandono.
 
Entre sus escritos, un testimonio les caló profundamente. Lo reproduzco: “Me dono porque me perdono. De joven, era tonta, lo quería todo para mí, creía que el mundo era mío y que podía aprovecharlo sin pedir ni agradecer. Ahora, que soy mayor y un poco más sabia, comprendí que nada de verdad me pertenece, ni la vida, que pasa en un instante; ni mis hijos, que solamente vinieron a través de mí; y mucho menos las cosas, que son únicamente materia, y seguirán siéndolo, incluso cuando yo deje de ser. Tras una vida dedicada a las tonterías, decidí perdonarme por ser tonta y darme la oportunidad de ser generosa, entonces tendré la única cosa que puede pertenecerme: mi propia paz”.
 
Los sentimientos de la hija y de la nieta pasaron por gran cambio con la descubierta del texto. No era para menos. Recordaron detalles de la vida de la abuela, que a lo largo de los años, principalmente después de haber enviudado, realmente había abandonado una conducta superficial y mundana por otra, más profunda y espiritualizada. Siendo una mujer rica no había conocido nunca la necesidad o el desamor. Cuando maduró, hizo una elección que definió como el cambio de la “tontería por la generosidad”.
 
Camino para la paz
 
Sin saberlo, la abuela de mi amiga creó quizá la mejor definición de generosidad que he escuchado nunca, pues la define como el camino para la paz y considera el tonto como el opuesto del generoso. En el diccionario encontramos que generosidad es la disposición de dar,  atender, preocuparse con el bienestar del otro. Definición indiscutiblemente acertada, pero la señora fue más allá y evidenció la cara de paz de los generosos y el lado tonto de los egoístas.
 
Desde siempre, y especialmente después de empezar a escribir, me dedico a observar las conductas humanas. Personas, familias y empresas son entidades sociales que revelan su carácter a través de lo que hacen y, principalmente, de cómo hacen lo que se proponen. Creé, para mi uso propio, la idea de que nuestro planeta no está formado únicamente por un mundo, sino por varios, que comparten el mismo espacio, en distintas dimensiones.
Personas generosas suelen tener una expresión más ligera y mayor disponibilidad
Me gusta utilizar las expresiones “mundo de lo más” y “mundo de lo menos”, para diferenciar las personas, no por su raza o nivel social, tampoco por su cultura o su dinero, sino por su generosidad o falta de ella.
 
El mundo de lo más es el mundo que posee una propiedad que dignifica el ser humano, y ésta es la marca de la generosidad, del compartir, de la disponibilidad. El mundo de lo menos es mezquino, aislado, egoísta. Conozco personas del mundo de lo más y del mundo de lo menos en todas las clases y profesiones. Son fácilmente reconocibles, no por la ropa que llevan, ya que ésta no significa nada.
 
Personas generosas suelen tener la expresión más ligera y están siempre disponibles para los demás. Seguramente conoces personas disponibles y personas indisponibles. Si estás en dificultad, a cualquier hora, en cualquier día, en cualquier lugar, ¿sabes con quién puedes contar? Piensa. Seguramente elaborarás una lista mental de aquellas personas que no titubearían en dejar todo lo que están haciendo para ayudarte y también de las que sabes ser mejor no llamar, porque además de la frustración de no ser atendido, pueden causar cierto malestar.
 
Ser generoso es estar disponible. Estar dispuesto a dar de sí al que no tiene y necesita. El generoso no comparte lo que le sobra, reparte lo que tiene, su mejor parte. Se priva para dar al otro y a veces es considerado tonto o no providente por ello. Pero no lo es, créeme. Actúa de este modo porque es parte de es su naturaleza.
 
Un instinto del alma
 
Somos controlados por nuestros instintos. Ellos nos mantienen vivos, activan nuestra defensa, protección y  supervivencia. Al fin y al cabo, somos animales y heredamos algunos instintos de nuestros ancestrales, sin ellos no hubieran resistido a las dificultades de su época y, por eso, estamos aquí. Los instintos son muy fuertes y definen la naturaleza de todas las especies.
 
Es muy conocida la historia del escorpión que, para cruzar el río, pide ayuda a una rana. La rana, recelosa, le pregunta: “¿No me vas a picar la espalda?” Contesta el escorpión: “¡Claro que no! Si te pico, me muero ahogado contigo”. Movida por la lógica del argumento, la rana decide ayudarle. En la mitad de la travesía siente la picadura del escorpión y, sorprendida, escucha la explicación igualmente lógica:” Perdóname rana, no pude controlar mi naturaleza, soy un escorpión.” De ese modo funciona el instinto. Sirve para asegurar la vida del individuo, sin considerar, por un momento siquiera, el bienestar del otro. Instintos son necesarios, pero evolucionamos. Los humanos tenemos conciencia y ella nos hace diferentes de una rana o de un escorpión. Humanos son colectivos, se unen por necesidad de supervivencia, facilitada por su capacidad de amar, respetar, acoger y proteger a sus semejantes. Es cierto que los animales son movidos por sus instintos, pero eventualmente identificamos rasgos de generosidad incluso en ellos. Los perros abandonan su seguridad para ayudar a su amo en peligro. Cuando llego a casa, la Negra, mi adorable perrita shi-tzu, corre para buscar un juguete que quiere compartir conmigo como demostración de su fidelidad.
 
Si hambre y miedo son instintos del cuerpo, la generosidad es un instinto del alma. Es por intermedio suyo que nos empeñamos en la supervivencia de lo que hay de más bello en la naturaleza humana: la dignidad. Pero, como somos una nueva especie, en proceso de evolución, frecuentemente necesitamos ejecutar correcciones de rumbo.
 
Por percibir el tiempo, el ser humano se preocupa con el futuro e insiste en acumular. Guarda comida, objetos, ahorra dinero, no da su afecto, como si le fuera faltar más tarde. Prevenir el mañana está correcto, pero depende del grado, una vez que la virtud de la previsión puede transformarse en el pecado de la avaricia. Es necesario que el instinto físico de la supervivencia esté equilibrado con el instinto mayor de la generosidad, pues va más allá de lo individual, abarca lo colectivo, potencializa la supervivencia – no solamente del cuerpo – sino del alma también.
 
Las personas generosas son benéficas al planeta, pues tienen la conciencia holística de que todo está interconectado y que nuestras acciones repercuten en el mundo, en las personas y en nosotros mismos. Personas generosas son altamente necesarias al equilibrio de la naturaleza y de la humanidad. Las personas generosas son sustentáculos de la humanidad.
Visité, en Berkeley, con el físico y escritor Fritjof Capra, una escuela que opera con el concepto de sostenibilidad, una idea que representa la generosidad para con el planeta. Allí vi una niña cargando un cubo lleno de cáscaras de legumbres y caminando en dirección a un lugar donde los restos de comida son transformados en abono. Esperando una respuesta automática, le pregunté por qué lo hacía. Sin embargo, la niña me brindó con un casi poema, diciéndome: “Llevo comida para el planeta”. Generosidad explícita.
 
Es muy bueno vivir al lado de personas generosas. Aumenta la sensación de seguridad, el sentimiento de solidaridad, amor y alegría. Tengo la suerte de compartir mi vida con personas generosas. Tengo una compañera generosa, compañeros de trabajo generosos, amigos generosos. Creo que, en las leyes físicas, los diferentes se atraen. En las mentales, los iguales se atraen y se reúnen en matrimonios, empresas, grupos políticos.
Regina, mi gran amiga, suele dividir las personas en dos tipos: las “personas-pan” y las “personas-boca”. Dice que a “personas-pan” les encanta alimentar, donarse, ser generosas y cuidadosas con los demás y con el planeta. Seguramente habitan el mundo de lo más. “Personas-boca” sólo quieren ser alimentadas, existen únicamente para recibir, no les interesa saber qué pueden hacer para el mundo, sino qué el mundo puede hacer por ellas. Muy peligroso este pensamiento. Menos mal que la humanidad cuenta con una red de protección, llamada generosidad.