La influencia de los demás

¿Cómo impedir que la influencia exterior perturbe nuestro equilibrio interior? ¿Cómo filtrar las informaciones de quienes únicamente nos traen aburrimientos?
 
Para empezar, debemos recordarnos que el ser humano es un animal gregario, es decir, vivimos en grupo, nos necesitamos unos a otros para obtener comida, darnos seguridad y construir conocimiento. Así, creer que sea posible no recibir influencia de los demás es imaginar lo improbable. El problema está en saber cómo construir una personalidad capaz de filtrar los estímulos exteriores recibiendo los buenos, bloqueando los malos y diferenciarlos entre sí.
 
Lo ideal es empezar este entrenamiento desde la infancia, con la construcción del pensamiento lógico y de la inteligencia emocional, que pueden ser enseñados y aprendidos. La dificultad radica en que este entrenamiento depende de los padres que, en la mayoría de las veces, no son expertos en educación y psicología infantil. ¿Quién no recuerda hechos ocurridos en la infancia que le influyeron para siempre? Encontramos ejemplos de este tema incluso en la literatura.
 
En el cuento intitulado “El hombre de arena”, del escritor alemán Ernst Hoffmann, el personaje llamado Natanael cuenta cómo, de pequeño, había sido influenciado por un hábito de su madre que le acompañaría por toda la vida. Cuando la madre quería que los niños se fueran a la cama, decía: “¡Niños! ¡A la cama! ¡Que viene el hombre de arena!”. Y todos los niños se iban a la habitación con miedo del asustador personaje. Un hombre de arena debe ser horrible. A la medida que camina en busca de la víctima que va a tragar, sus rasgos se van deshaciendo.
 
Cuando adulto, Natanael pregunta a su madre quién era el Hombre de Arena y por qué utilizaba ella la imagen del monstruo para asustar a los niños. La madre le explicó: “Cuando decía que el Hombre de Arena estaba llegando, me refería al hecho de que teníais sueño y no conseguíais mantener abiertos los ojos, como si hubiera arena en ellos. El Hombre de Arena eras tú mismo”.
 
Sorprendido, Natanael se dio cuenta de que su madre no quería asustarles. Simplemente les gastaba una broma que influenció tremendamente su modo de ver la vida. Pasó a creer que siempre había monstruos preparados para alejarnos de nuestros deseos. Le culpaba al Hombre de Arena por no poder quedarse en el salón con su padre por la noche. Le atribuyó al monstruo la infelicidad causada por la muerte de su padre en un accidente. Ciertamente el Hombre de Arena había matado a su padre.
 
Su madre no había tenido nunca esta intención, pero marcó para siempre la vida emocional de Natanael con una imagen surrealista, fantástica, aterradora. Fue tan influenciado por este episodio que pasó gran parte de su vida imaginando que Hombres de Arena le esperaban detrás de cada puerta, de cada situación y sucesos de la vida. Su empleo, sus amores, su salud, toda su vida siempre estaba amenazada por este enemigo invisible.
 
¿Por qué somos tan influenciados?
 
Natanael fue influenciado porque no poseía madurez para filtrar lo real de lo imaginario y a su edad no podría ser diferente. Su mente infantil no supo separar el símbolo de lo simbolizado, lo que es normal en los niños. La dificultad es que esta incompetencia emocional a veces se ve reproducida en la vida adulta, cuando no se estructura una personalidad competente y uno se deja influenciar por imágenes destructivas y no por lo que le hace bien.
 
El problema es que nadie – en verdad, nadie – es dueño de una personalidad tan bien estructurada que acepte únicamente influencias positivas rechazando todo lo que no le conviene, que le haga sufrir o perjudique. La búsqueda por esta competencia emocional es una de las obsesiones de la psicología. Vivir libre de la tiranía ajena lleva tiempo, depende de la madurez, de cierta dosis de sabiduría.
 
Ser capaz de construir relaciones humanas adecuadas, que agregan algo, es una de las aptitudes de la persona estructurada, de personalidad sana. Si seleccionamos nuestras compañías por el tipo de influencia que sobre nosotros ejercen ¿por qué nos dejamos influenciar negativamente por ciertas personas? En este caso, ¿estamos viviendo una fase autodestructiva? La posibilidad existe, pero es más probable que quien se deja influenciar negativamente todavía no ha aprendido a relacionarse y no ha creado una buena relación consigo mismo. Saber qué es bueno para sí mismo y ser fiel a sus valores y deseos requiere una dosis de madurez que demanda tiempo, estudio, ejemplo, lucidez, amor.
 
¿Ser maduro significa disminuir el peso de la opinión de los demás sobre nuestra vida?
 
No. Ser maduro significa permitir que las influencias, agradables o no, nos ayuden a construir conceptos, conocimientos y percepciones que serán benéficos en la medida que nos ayudan a pensar con propiedad. Ser maduro significa asumir la autonomía de nuestros sentimientos sin transferir la responsabilidad de las acciones y de una eventual infelicidad. Con la madurez ganamos la oportunidad de ser influenciados positivamente porque aprendemos a leer los textos escritos por la vida, una gran conquista, muy deseada y difícil de ser alcanzada.
 
Es necesario cuidado al interpretar el pensamiento de Sartre “el infierno son los demás”. Esta expresión no puede ser llevada al pie de la letra, una vez que es un pensamiento más profundo de lo que representa ser. Sartre quiso decir que las personas con las que nos relacionamos son permanentes fuentes de influencia, no existe manera de evitarlo ni es inteligente hacerlo. Es un interesante pensamiento que merece más atención. El punto es que todos nosotros buscamos cambios en el mundo de modo que se ajuste a nuestros planes personales. Es normal, pero cada persona tiene su propio proyecto y es ahí donde reside la fuente de todos los conflictos. De ahí la idea de que el infierno son los demás.
Quien se deja influenciar negativamente aún no ha comprendido qué es bueno para sí mismo.
 
Si lo que quiero es diferente de lo que quieres, intentaré influenciarte al mismo tiempo que tú intentarás hacerlo. Esta batalla sorda es fuente de inquietud permanente y sólo dejará de importunarnos cuando aceptemos el derecho universal a la felicidad y nos demos cuenta que para que ser feliz no es necesario que el otro sea infeliz. Es el principio de la abundancia, que tiene en la felicidad su mejor aplicación. Puede parecer demasiado poético, sin vínculo con la realidad, pero es una manera de ver el mundo, una filosofía de vida útil para la construcción de relaciones positivas.
 
¿Necesitamos la opinión ajena?
 
La verdad es que una persona no puede conocerse satisfactoriamente sin utilizar la mirada de terceros. A través de la interacción con otras personas, conseguimos vernos como parte del mundo. Cuando intentamos eliminar totalmente la influencia de los demás, corremos el riesgo de construir un mundo irreal, aislado, esquizofrénico. Pese a ello, hay una postura filosófica que defiende este aislamiento. Se llama solipsismo y defiende que el conocimiento debe basarsenúnicamente en las experiencias personales, interiores, y que no se debe establecer una relación entre lo que se cree y las creencias y valores ajenos.
 
¿Es posible no ser influenciado?
 
Creen los solipsistas que el pensamiento es la instancia psíquica que existe para controlar la voluntad y que el resto del mundo, o lo que está fuera del ser, es un reflejo de lo que se piensa. El solipsista rechaza la influencia. Este individuo existe únicamente como concepto teórico, porque es imposible crear un caparazón a los estímulos exteriores de manera tan drástica. A veces nos encontramos con personas que se creen ser las dueñas de la verdad y que consideran extraños todos los que no piensan como ella. Aceptan, únicamente, ser influenciadas por sus propias y preconcebidas ideas, rechazando apoyo para la construcción de nuevas. Personas como éstas quizá no sean solipsistas, pero seguramente son intolerantes, intransigentes. Conozco a algunas, ¿y tú? y, – sinceramente -, quiero mantenerme alejado de ellas.
 
Influencias exteriores nos ayudan a construir la noción de realidad, que no es estática, sino dinámica. Incluso conlleva un movimiento que deriva de algunos momentos de contradicción u oposición de creencias. Hegel, el filósofo alemán que construyó uno de los pensamientos filosóficos más completos y buscó hacer del pensamiento estructurado el refugio de la razón y de la libertad, ya comentaba el tema, en el siglo 19. Según Hegel, la realidad está construida por tres “seres”: el ser en-sí, el ser fuera-de-sí y el ser para-sí. En la metodología científica, estos tres seres suelen ser llamados de tesis, antítesis y síntesis. En la vida práctica, si tienes una opinión diferente de la de tu amigo, estás ante la oposición entre tesis y antítesis, lo que no es malo, al contrario, es terreno fértil para sembrar la verdad. A través del ejercicio del diálogo, se construirá una tercera idea, que recibirá el nombre de síntesis por poseer elementos de las dos anteriores, pese a ser diferente de ambas. Hegel creó la idea de la dialéctica de la vida, un movimiento permanente. Decía que una semilla tiene que morir para dar lugar al nacimiento de la planta, del mismo modo que un viejo concepto, para dar lugar a otro nuevo.
 
Es necesario desaprender para aprender y en este permanente movimiento de construcción de la realidad, que no es estática, no hay como no considerar la influencia de los demás. Es menester transformar los estímulos en fuerzas constructivas, únicamente posible con el imperio de la razón.