Perdon

¿Cómo manejar la ofensa y el perdón? ¿Perdonar a quien nos hizo daño es el mejor camino para la paz interior?
 
Salvo que seas un ángel inmaculado y habites una dimensión celestial, distante de las imperfecciones y de las ambigüedades humanas, ya tuviste que perdonar a alguien y ya fuiste perdonado.
 
Yo diría que es improbable pasar por la vida sin perjudicar y ser perjudicado, lastimar y ser lastimado, decepcionar y ser decepcionado. Con o sin intención, en las relaciones humanas, estos malqueridos verbos terminan por ser conjugados algún día. Y, en estos casos, el sustantivo perdón debe de ser llamado a componer el texto, o la vida no completará su sintaxis.
 
Aunque no sea el único, el perdón es un importante medio de obtener la paz de espíritu. Pero, como todos los demás recursos que forman el camino que nos conduce al estado de gracia interior, que permite al ser humano gozar la tranquilidad de convivir consigo mismo, el verdadero perdón es difícil de ser practicado.
 
Perdonar es el acto de liberar al otro de la culpa, y más que eso. En su función libertaria, el perdón libera a quien lo practica. Es un acto de grandeza de espíritu, que representa, sobre todo, una donación.
 
For-give, ver-geben, per-dón, per-dón. Prácticamente en todos los idiomas la palabra perdonar obedece su origen del latín vulgar “perdonare”, compuesta por la unión del prefijo “per” (a través de) y la palabra “donare”, que representa el acto de donar o, más que eso, donarse.
 
Con el perdón la persona dona lo que tiene de mejor – la comprensión, la compasión y la esperanza. Me ofendiste, me lastimaste, comprendo que fallaste porque eres humano, me compadezco de tu arrepentimiento y tengo la esperanza de que no vuelva a repetirse. Por eso te perdono. Hermoso y sencillo. Pero… ¿posible? Esta es la verdadera cuestión existencial del perdón.
 
¿Cuál el mejor camino para comprender el perdón?
 
“Errar es humano, perdonar es divino”, dice el refrán ya un poco superado. Hace ya mucho tiempo que el concepto de perdón abandonó el cielo angelical para andar por tierras mundanas. El motivo principal es que sin él la vida en comunidad no sería posible, pues cada ofensa generaría una enemistad. El perdón no es solamente una actitud, es un atributo necesario para la elevación del espíritu, como lo demuestran varias áreas del pensamiento humano que se dedican al tema, como la filosofía, la psicología y la religión.
 
Perdonar nos hace sentir bien porque nos libera de las ataduras del odio y de la injusticia
En la Biblia el perdón es tema constante. En el Antiguo Testamento, Levítico (16:29-31), vemos como Moisés instituye un día dedicado a la purificación de los pecados. Considerado “estatuto perpetuo”, esta fecha es respetada por los judíos, que la denominan Yom Kippur – el día del perdón. Esta importante ocasión ocurre después del Rosh Hashanah – el año nuevo judaico. Pedagógica correlación, una vez que impone que no se debe iniciar un nuevo ciclo sin perdonar y obtener el perdón.
 
Moisés había subido al Monte Sinaí para encontrarse con el Divino, de quien recibió las tablas con los Diez Mandamientos. Al bajar, la decepción. Encontró los hebreos adorando una imagen, la estatua de un ternero, ignorando sus consejos de que sólo deberían adorar a Dios. En su indignación, tiró las tablas al suelo, rompiéndolas, y no le restó otra opción que volver a la montaña y pedir nuevas tablas a Dios, implorándole, también, Su perdón. Moisés instituye entonces aquel día para marcar el perdón concedido por el Señor a la iniquidad de su pueblo y de su propia ira.
 
Las oraciones y el ayuno practicados en el día del perdón, además del compromiso del ofensor de no cometer nuevamente las transgresiones, son algunos de los pasos seguidos por aquel que quiere limpiar sus ofensas para empezar un nuevo año purificado.
En este día, la noción de perdón fue presentada como importante valor humano. También fue en este momento, dentro de estas mismas raíces judaicas, que nació el cristianismo.
El Padre-nuestro, la oración más importante entre los cristianos – que habría sido enseñada por el propio Cristo – considera el perdón como un medio de establecer una relación con Dios y con los hombres. “Perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden”, se dice, antes de pedir fuerza para evitar las tentaciones y la protección contra los infortunios de la vida. De hecho, el perdón precede el poder y la seguridad.
 
¿Por qué el perdón es bueno para quien perdona y beneficia a quien es perdonado?
 
El perdón también es un tema ancestral entre los filósofos. Fue, y lo decimos a modo de ilustración, tema de simposios, los encuentros en que, entre un trago y otro de vino, los griegos antiguos discutían las grandes cuestiones que inquietan al espíritu humano, como la muerte, el valor y el amor. “Sólo el que tiene la capacidad de perdonar conquista el derecho de juzgar”, dice Sócrates en uno de esos momentos de sabiduría y embriaguez en que la civilización occidental fue gestada.
 
Contemporáneo de Cristo, el romano Séneca introdujo el perdón en la esfera del Estado. En su obra, Sobre la Clemencia, el tutor de Nerón presenta el arte de perdonar como la principal arma para que el gobernante actúe con justicia y se firme como estadista. Según el filósofo, practicar actos clementes sería ejercitar la templanza del genio, la tranquilidad del espíritu y la virtud del erudito. El verdadero perdón posibilitaría la cohesión del estado en la sociedad, atendiendo a las diferentes necesidades de las clases, al mismo tiempo que serviría como excelente instrumento jurídico, permitiendo la moderada aplicación de la justicia pretendida. Pese a sus pensamientos, Séneca fue víctima de la falta de perdón. Desconfiado de su traición, Nerón le condenó a muerte.
 
Tras muchos ciclos y muchas reflexiones sobre el tema, la filósofa alemana Hannah Arendt que emigró a los Estados Unidos con la ascensión del nazismo, escribió, en su libro  La condición humana, que el perdón es una respuesta libertaria: “[el perdón] es el único modo de reacción que no ´re-acciona´ simplemente, sino que acciona de nuevo e inesperadamente, sin ser condicionado por el acto que lo provocó y de cuyas consecuencias libera tanto quien perdona como quien es perdonado […] es la liberación de las cadenas de la venganza”.
 
Con estas palabras Arendt realiza una conexión con la psicología, que busca la calidad del pensamiento y la calma de las emociones, y dice que perdonar es bueno porque libera a la persona de las ataduras del odio y de la injusticia. Perdonar beneficia a quien es perdonado, y favorece principalmente a quien perdona. Sucede que perdonar es una actitud, pero antes, un sentimiento. Antes de perdonar con palabras, es necesario perdonar con la mente y con el corazón, sino el efecto no es el mismo, permanece por la mitad, es falsedad. Para perdonar verdaderamente es necesario valor.
 
Freud, el padre del psicoanálisis, en su notable texto “Repetición, recuerdo, translaboración”, propone que el inconsciente, que aprisiona la persona en el pasado y no permite que conviva en armonía con el presente ni logre ver esperanza en el futuro, sea examinado con valor y grandeza suficientes para producir el más importante de los perdones: el perdón a sí mismo.
 
¿Y cuando la persona no merece perdón?
 
La verdadera cuestión filosófica del perdón es la opción de aplicarlo. Más importante que perdonar es decidir perdonar con convicción, lo que implica visitar los principios de la justicia.
 
En las bodas de su hija, mi amigo José Ernesto protagonizó uno de los momentos más conmovedores que he tenido la oportunidad de presenciar. Al decir a los novios lo que les deseaba, aconsejó: “Siempre que sea posible, elijan el perdón. Siempre que necesario, elijan la justicia”.
 
En estas dos frases sintetizó la esencia de las relaciones humanas que valen la pena. Las relaciones deben estar dotadas de valores, no sólo de objetivos comunes. Cuando las personas se unen exclusivamente por motivos prácticos, remiten su relación a la época de las cavernas, en la que, en nombre de la supervivencia, todo era permitido. Matrimonios, amistades, empresas, partidos políticos – cualquier reunión entre personas tiene un objetivo común que las mantiene unidas, pero, si esto es lo único que las une – objetivos, metas, destinos -, personas no serán personas, sino meros componentes de un engranaje mecánico. Al humano, aptitudes le confieren utilidad, valores le dan dignidad.
 
No hay una vida digna sin justicia, y el perdón forma parte de ella.  Forma parte. Perdón no significa justicia. Perdón es derivado de la justicia. Y practicar justicia remite la persona a la tarea de juzgar, probablemente la más difícil de las misiones humanas, una vez que significa entender los motivos de quien hizo lo que hizo, considerar los efectos de su actitud y decidir sobre la pena justa y conveniente, que puede ser, entre otras, el perdón.
 
¿Es posible perdonar al asesino frío, al violador impiadoso, al corrupto contumaz? ¿Es justo perdonar el juez de la Inquisición, los creadores del Holocausto, los iniciadores del Apartheid? Sin considerar la justicia, el perdón es obsceno; sin contemplar el perdón, la justicia es malévola; al fin y al cabo, la justicia es una necesidad, el perdón, una posibilidad.
Aún así, aunque considerando que es duro juzgar, difícil ponderar los hechos, doloroso relevar las lastimas, imposible olvidar las ofensas, el acto de perdonar es grande, digno y bello. Incluso porque, al juzgar a alguien, es conveniente hacer un juzgamiento de sí mismo, para, al perdonar el otro, guardar para uso propio un poco del perdón. Porque tú, yo, cualquiera, si vivió una vida, necesitará ser perdonado por no haberla vivido mejor.