Segundo plan, la misión

“Las cosas ni siempre son como nos gustaría. ¿Cómo saber que llegó el momento de poner en práctica un segundo plan? ¿Cómo tenerlo?”
Habíamos decidido pasar el fin de semana acampando en la Serra do Mar, más específicamente en la cumbre del Marumbi. Éramos una docena de chavales, scouts, en Curitiba, del grupo Jorge Frassati. Todos ya habíamos dormido en la floresta muchas veces, pues acampar es parte de la actividad de los scouts, una aventura que sirve de metáfora para la vida, con sus dilemas y responsabilidades. Pero, ésta era una acampada diferente: no llevábamos los uniformes, tampoco el pañuelo blanco y rojo en el cuello, y lo mejor, estábamos sin el jefe. Era una acampada “extraoficial”.
 
Llegamos a la base de la montaña en el tren que une Curitiba a Paranaguá, una espectacular obra de ingeniería, que atrae turistas, curiosos y expertos. Iniciamos la aventura yendo en dirección al lugar donde íbamos a montar las cabañas, una meseta a dos tercios de la subida. Al día siguiente, llegaríamos a la cumbre, escalando una pared de piedra. Había llovido mucho y la caminada, entre tropiezos y caídas, era penosa. Estábamos acostumbrados a caminar en la floresta, pero aquél fue un día diferente.
 
Alguien tuvo la idea de reunir todos los alimentos y ponerlos en una única mochila. José Carlos (creo que así se llamaba) era el responsable por transportarla. En el camino, resbaló en las hojas mojadas y perdió la mochila que estaba llena de pasta, embutidos, pan, leche, café y las únicas cerillas que teníamos. “Vamos a buscarla”, dijo alguien, y empezamos la mal sucedida misión de rescate de la mochila y entonces nos dimos cuenta que empezaba a anochecer.
 
La solución fue continuar con la subida antes que nos perdiéramos en la noche. En la mañana siguiente, tres o cuatro de nosotros bajaron al lugar del accidente para comprobar que la mochila había caído en una grieta y estaba perdida para siempre. Recibimos la noticia de estómago vacío. Lo más prudente sería cancelar la subida hasta la cumbre e iniciar el descenso en dirección a la estación de tren. Fue lo que hicimos y allí supimos que el tren sólo pasaría al final de la tarde. Todo lo que pudimos comer aquel día fue palmito retirado de la floresta. Masticábamos el meollo hasta que estuviera blando y entonces lo tragábamos. Me recuerdo hasta hoy del poco sabor del palmito y este recuerdo me estimula a pensar sobre la importancia de una buena estrategia para llevar a cabo una aventura cualquiera.
 
Si falla la estrategia
 
Estrategia es el conjunto de medidas necesarias para conciliar la situación presente con el futuro deseado. Entre los varios expertos que discuten el tema, Henry Mintzberg, profesor y autor de textos sobre gestión, en su libro Safari a la Estrategia, revisa todas las escuelas de estrategias que existen y analiza sus mejores aplicaciones. Ya al principio, después de enseñar las principales definiciones, aclara que no existen estrategias perfectas y que, muchas veces, es necesario comparar la estrategia pretendida con la realizada. Teóricamente, la ejecutada es la pretendida tras las correcciones necesarias, realizadas durante su aplicación.
 
Necesitamos siempre un segundo plan, pero existen personas que ni siquiera tienen uno.
Según la visión de Mintzberg, la mejor estrategia es aquella que permite cambios a lo largo de su realización. Significa que un buen plan, para alcanzar el objetivo, debe permitir la creación de planes accesorios y complementarios. En la vida práctica no es posible hacer cosas sin planificarlas. No importa si estás creando una empresa, planeando las vacaciones, elaborando tu investigación de maestría u organizando un churrasco con los amigos. Sin planear los pasos, vas a gastar más energía de lo necesario, corriendo el riesgo de no realizar sus propósitos. Es que, incluso planeando, ni todo sale bien, pues el número de variables abarcadas en una actividad humana es inmensa.
 
La aventura en la montaña fue un buen ejemplo. A la semana siguiente, durante la reunión con el jefe, éste nos miró duramente y preguntó: “¿Por qué no habéis accionado el segundo plano?” ¿Segundo plano? ¿Qué es lo que decía?
 
El jefe empezó una larga charla sobre organización de acampadas y expediciones. Nos hizo recordar que, bajo su mando, en otras ocasiones, cuando algo no salía bien, él siempre tenía una alternativa. Mirando a los ojos de cada uno de aquellos sabios adolescentes, nos enseñó: “No puedes entrar en una aventura sin considerar que algo puede salir mal y, créeme, algo saldrá mal. Si no tienes una opción de planes, terminarás dañándote”.
 
El jefe tenía la razón. ¿Por qué dejamos toda la comida en una única mochila? ¿Por qué teníamos una única caja de cerillas? ¿Por qué exclusivamente un responsable por toda la comida? La imprudencia nos costó hambre y miedo. El aprendizaje nos ha valido, por lo menos. Recuerdo de aquel día porque aprendí que vivir es una gran aventura – y que las cosas pueden salir mal. Necesitamos de planes alternativos siempre. Y el problema de mucha gente es que no tiene ni siquiera uno.
 
Contra el fracaso
 
También tenemos que aplicar inteligencia estratégica a la vida práctica. A veces lo conseguimos intuitivamente, otras nos damos cuenta que fallamos, aunque tengamos tendencia a negarlo. Es más fácil transferir la responsabilidad de los fracasos a otros, al clima, a la crisis, al azar, etc. En la mayoría de las veces, lo que faltó fue una buena estrategia.
 
Incluso cuando tenemos la mejor estrategia corremos el riesgo de necesitar otra, porque un pequeño detalle puede echar todo a perder. Un buen ejemplo es la expedición de la Apollo 13. Era 11 de abril de 1970. Tres expertos pilotos de la Fuerza Aérea estadounidense estaban a bordo de la nave con un objetivo muy definido: llegar a la Luna. Era la tercera misión tripulada en dirección a nuestro satélite, y los astronautas, James, Fred y John, estaban seguros, porque confiaban en la experiencia de las anteriores misiones. La Nasa con su obsesión por seguridad concentraba sus esfuerzos en las etapas más complejas del viaje, como el lanzamiento de la Tierra, la entrada en la órbita lunar, el nuevo despegue y reentrada en la atmósfera terrestre. Éstos eran los momentos críticos, pero – siempre hay un “pero” – lo irónico de esta historia es que durante la travesía, fase considerada tranquila y más segura, algo no salió bien. Un cambio casi insignificante en el proyecto del tanque de oxígeno del módulo de servicio provocó un sobrecalentamiento que resultó en una explosión. Enseguida, el comandante James Lovell pronunció la frase que pasaría a la historia del siglo 20: “Houston, tenemos un problema”.
 
El accidente no comprometió la inmediata supervivencia de los astronautas, pero el aterrizaje en la Luna fue cancelado. Se iniciaron los procedimientos para traer la nave de vuelta a la Tierra, lo que significó el repaso de todas las variables involucradas en aventura tan compleja. Un segundo plan se hizo necesario de inmediato y fue posible porque la nave contaba con recursos suficientes y porque el accidente ocurrió en la ida, sin las piedras que traerían al regresar.
 
Ingente fue el esfuerzo que movilizó técnicos y científicos en Cabo Cañaveral. Gene Kranz, el jefe de las operaciones, presentó a su equipo su visión de los hechos y, definiendo el espíritu del equipo, cuñó la frase: “Fracasar no es una opción”. Después de llegar a la Luna y orbitarla, utilizando su gravedad para ingresar en el rumbo que los traería de vuelta, los tres hombres volvieron a casa, ahorrando agua, oxígeno y energía, deshidratados, casi congelados y con muchos kilos menos.
 
La ley de Murphy
 
El veredicto final sobre la importancia de un segundo plan fue emitido por un ingeniero del Instituto de Tecnología de la Fuerza Área de los Estados Unidos. Su nombre era Edward Murphy y coordinaba los estudios sobre los efectos de la desaceleración sobre el cuerpo de los pilotos de aviones caza. En uno de sus experimentos, uno de sus auxiliares cometió un error que perjudicó el registro de las reacciones del piloto en test, que casi murió. Murphy intuyó el error e interrumpió el test, diciendo luego, sobre su auxiliar: “Si hay un modo de hacerlo mal, ciertamente lo hará”. La frase fue generalizada: “Si algo puede salir mal, saldrá mal” y hoy es conocida por el nombre de “Ley de Murphy”.
 
Ya se ha dicho que vivir es una aventura y que la vida es bella justamente por su carácter imprevisible. Vivir intensamente es retirar de la vida todo lo que nos puede ofrecer, lo que no es poco. Pero, sin un buen plan, lo mejor es no salir de casa. Como ya hemos visto, un buen plan es el que considera la posibilidad de uno o más  cambios. La vida es, cada día más, imprevisible. Es importante que vivamos preparados para ello. Siempre.
 
Del lector Moacyr Versiani: “Las cosas ni siempre son como nos gustaría. ¿Cómo saber que llegó el momento de poner en práctica un segundo plan? ¿Cómo tenerlo?”
Habíamos decidido pasar el fin de semana acampando en la Serra do Mar, más específicamente en la cumbre del Marumbi. Éramos una docena de chavales, scouts, en Curitiba, del grupo Jorge Frassati. Todos ya habíamos dormido en la floresta muchas veces, pues acampar es parte de la actividad de los scouts, una aventura que sirve de metáfora para la vida, con sus dilemas y responsabilidades. Pero, ésta era una acampada diferente: no llevábamos los uniformes, tampoco el pañuelo blanco y rojo en el cuello, y lo mejor, estábamos sin el jefe. Era una acampada “extraoficial”.
 
Llegamos a la base de la montaña en el tren que une Curitiba a Paranaguá, una espectacular obra de ingeniería, que atrae turistas, curiosos y expertos. Iniciamos la aventura yendo en dirección al lugar donde íbamos a montar las cabañas, una meseta a dos tercios de la subida. Al día siguiente, llegaríamos a la cumbre, escalando una pared de piedra. Había llovido mucho y la caminada, entre tropiezos y caídas, era penosa. Estábamos acostumbrados a caminar en la floresta, pero aquél fue un día diferente.
 
Alguien tuvo la idea de reunir todos los alimentos y ponerlos en una única mochila. José Carlos (creo que así se llamaba) era el responsable por transportarla. En el camino, resbaló en las hojas mojadas y perdió la mochila que estaba llena de pasta, embutidos, pan, leche, café y las únicas cerillas que teníamos. “Vamos a buscarla”, dijo alguien, y empezamos la mal sucedida misión de rescate de la mochila y entonces nos dimos cuenta que empezaba a anochecer.
 
La solución fue continuar con la subida antes que nos perdiéramos en la noche. En la mañana siguiente, tres o cuatro de nosotros bajaron al lugar del accidente para comprobar que la mochila había caído en una grieta y estaba perdida para siempre. Recibimos la noticia de estómago vacío. Lo más prudente sería cancelar la subida hasta la cumbre e iniciar el descenso en dirección a la estación de tren. Fue lo que hicimos y allí supimos que el tren sólo pasaría al final de la tarde. Todo lo que pudimos comer aquel día fue palmito retirado de la floresta. Masticábamos el meollo hasta que estuviera blando y entonces lo tragábamos. Me recuerdo hasta hoy del poco sabor del palmito y este recuerdo me estimula a pensar sobre la importancia de una buena estrategia para llevar a cabo una aventura cualquiera.