Un animal político

El pensamiento occidental fue fundado por los griegos entre los siglos 5 y 6 a.C. Cuando hablamos de cosas como libertad, justicia, democracia, educación, valor, respeto, ética, estamos, sin saberlo, remitiéndonos a temas que comenzaron a analizarse más cuidadosamente en aquellos fantásticos años en los que el hombre encontró un modo de reemplazar el misticismo por la razón.
 
Fue en este periodo que surgió la palabra política, derivada de pólis, que quiere decir ciudad. Originariamente, ser político significaba demostrar interés y preocupación por el bienestar de la ciudad. De este modo deberían portarse todas las personas: cuidar de sus intereses personales sin ofender a los colectivos. Los deseos y necesidades de cada uno deberían estar en armonía con los de la colectividad. Sencilla la idea, ¿verdad? Empresas son parte integrante de la sociedad, por ello están sujetas a los mismos principios que rigen la civilización occidental, incluyendo el de la política.
 
Desafortunadamente el concepto ha sufrido un cambio de comprensión. Hoy día, ser político nos remite a politequeo, a dar para recibir. Se confunde la búsqueda por el poder con la búsqueda por el bienestar colectivo. Hay empresas que permiten e incluso estimulan esa política de segunda línea creyendo que la competencia interna acarreará mayor desempeño. El error es básico, pues el foco se desplaza del mercado al interior de la empresa, mientras tanto la competencia puede cumplir con su tarea y ocupar los espacios. Ser político en la empresa significa ejercitar el hábito de la colaboración, de la claridad y del entendimiento.
 
Ser político no significa estar de acuerdo con todos, tampoco buscar la armonía del grupo por medio de la aceptación pacífica de la opinión de los gestores. Ser político es utilizar la inteligencia para encontrar la convergencia de los intereses pese a la divergencia de opiniones. Ser político es ejercer la más noble de las condiciones humanas, la de portarse como ciudadano, conocedor de sus derechos y consciente de sus deberes.
 
A propósito, entre los griegos, el que no tenía una conducta política – demostrada por el interés con el bienestar general – y era centrado únicamente en su ombligo, recibía un apodo sugestivo: era llamado idiota.