Viajar para vivir

Sea por trabajo, placer o ganas de aprender, he viajado y mucho. Estuve en todos los estados de Brasil – en algunos, más de una vez – y en gran parte del mundo. En estos viajes conocí cosas interesantes y otras no tanto. Estuve en los más variados lugares, algunos maravillosos, otros lamentables, pero de cada uno de ellos guardo recuerdos y experiencias que me ayudaron a ser mejor persona.
 
También conocí a muchas personas interesantes. Tengo una colección de gente con las cuales interaccioné y de las cuales aprendí cosas. Recuerdo, por poner un ejemplo, a un señor estadounidense que se sentó a mi lado en un vuelo para Belén do Pará, en 1990. Antes de embarcar, había comprado El viaje alucinante II, de Isaac Asimov, mi autor de ciencia ficción preferido.
 
Embarqué queriendo acomodarme cuanto antes para empezar la lectura.  El avión despegó mientras miraba las páginas iniciales: Foto: Daniel Aratangy; Ilustración: Buia; etc. Entonces me di cuenta que el señor de al lado tenía el cuerpo ligeramente inclinado hacia mí y los ojos puestos en el libro. Su actitud me molestó y le miré con una cara seria. Me sonrió y me preguntó: – ¿Habla usted inglés?
 
Tardé un rato para darme cuenta de que hablaba conmigo, en un inglés de estadounidense nativo. – “Excuse me, do you speak English?” Me causó cierta gracia la coincidencia porque el libro empezaba con una chica dirigiéndose a un científico en un congreso, preguntándole: “Habla usted ruso?” Coincidencia o no, el hecho acabó con mi resistencia.
 
– Yes, but… Sí, pero no mucho – contesté, tratando de devolver la sonrisa que me había regalado.
 
– Es mejor que mi portugués, ¡seguro! – agregó. Vi que está leyendo El viaje alucinante, de Asimov, hace dos años este libro fue lanzado en Estados Unidos. ¿Le está gustando?
 
– Empecé a leerlo ahora, pero creo que me gustará. Me gusta Asimov porque utiliza fundamentos científicos posibles en sus novelas de ficción, no es como muchos que simplemente utilizan palabras de la ciencia para engañar al lector.
 
– Estoy de acuerdo. Quizá sus historias, como los viajes interestelares, puedan realizarse en el futuro. Por cierto, a él le gusta escribir sobre los viajes. ¿Ha observado usted que a la gente le encantan los libros que relatan viajes?
 
– Nunca me lo había planteado, pero creo que usted tiene razón, viajar es un gran deseo humano. Además de eso, cuando uno lee, viaja. Tanto el viaje como el libro nos pone ante lo desconocido lo que es excitante y atemorizante a la vez.
 
– Es cierto. Todos los grandes libros son excitantes y atemorizantes. Piense en Homero, el primer gran autor. En la Odisea, tras la guerra, Ulises trata de regresar a casa e inicia un viaje repleto de aventuras. Al mismo tiempo, Telémaco, su hijo, sale de viaje a buscarlo. Esta historia puede ser definida como el viaje para encontrar el destino cada uno de ellos.
 
Empezaba a caerme bien el estadounidense. Tenía muy buen humor, sabía de literatura y terminaba de hacer un rápido análisis psicológico de un clásico. Decidí seguir la conversación. Tendría siempre la excusa de volver a leer.
 
– Camoes escribió algo parecido en Los Lusiadas. Como Ulises y Telémaco, Vasco da Gama es protegido por algunos dioses y perseguido por otros. ¿Se ha dado cuenta que en las dos novelas el objetivo del viaje es regresar a casa? Pienso que éste sería el objetivo de cualquier viaje. Regresar a casa.
 
– O regresar a sí mismo – prosiguió mi compañero de viaje -. Ver el exterior para comprender mejor el interior. Tiene razón en cuanto al destino final. Piense en el caso del Lord Phileas Fogg, en La vuelta al mundo en 80 días. Parte de Londres con destino a Londres. Viaja para el este y regresa por el oeste. Cuando regresa, es otra persona, más humilde, mejor. Está enamorado de una princesa que conoció en India, pero, en realidad, desarrolla una nueva pasión por la vida. Por la aventura y por el amor, reencuentra al hombre que había sido y del cual se había alejado a causa de las obligaciones y convenciones sociales, imperantes en la Inglaterra victoriana.
 
– Vuelve diferente, mejor que antes de partir. ¿Podemos concluir que el regreso es la mejor parte de un viaje? – le pregunté.
 
– No, la mejor parte es el aprendizaje. Piense en el caso de los libros del escritor brasileño de mayor éxito en el mundo en la actualidad. Sus personajes sólo regresan a casa tras aprender algo y transformarse en mejores personas. (Se refería a Paulo Coelho que en aquella época había presentado sus dos primeros libros, los dos tratando de viajes).
 
– En su opinión, ¿los viajes son tan atractivos porque son una metáfora de la vida? En este sentido, este libro de Asimov es perfecto, porque el viaje al que se refiere se realiza hacia dentro del cuerpo de una persona, con el detalle de que, en un submarino miniaturizado, llegan hasta el cerebro, centro del pensamiento.
 
– La metáfora de Asimov es estupenda y el título mejor aún. Nuestro interior es el territorio más misterioso. No me refiero al cuerpo, sino al alma humana. Todos nacemos viajeros, aunque muchos no viajen, porque el verdadero y fantástico viaje es el de la propia vida.
 
– El verdadero y fantástico viaje es el de la propia vida… – lo pronuncié lentamente para mí mismo, reacción de quien tiene un insight.
 
De aquel encuentro han pasado más de veinte años. No me acuerdo el nombre del viajero y tampoco si éste fue el diálogo. Recuerdo el tema que tratamos y que estaba viviendo en Brasil porque se había enamorado de una brasileña del Norte, luego de nuestra cultura, música y comida. Recuerdo las analogías del viaje con la vida, el hecho de que lo bueno y lo malo, las alegrías y malos momentos, las idas y venidas de un viaje son la paráfrasis perfecta de la existencia humana. Recuerdo, finalmente, que citó a Bob Dylan antes de reclinar su asiento y dormir hasta el final del vuelo:
 
– Yes, my friend: “Life is nothing but a trip” (“La vida no es más que un viaje”). Me dejó con el libro en las manos, la cabeza llena de ideas y el corazón latiendo con el pensamiento de que la vida es un viaje fantástico. Desde entonces, no he dejado de considerarme un viajero, sea en otro continente, sea en mi barrio.
 
¿Para evitar sorpresas desagradables, es fundamental definir el plan de viaje? Me gustan dos tipos de viajes: los que planeo en los más mínimos detalles y los que hago sin ningún plan. Está claro que los viajes planeados son más cómodos, con menos sorpresas, pero no podemos olvidarnos de que las sorpresas forman parte del viaje. Viajamos para sorprendernos con el mundo. Hoy día, prefiero planear hasta cierto punto, como definir las fechas de ida y vuelta, reservar algunos hoteles, pero dejo espacio para lo imprevisible, para la aventura.
 
Viajar es una de las mejores sensaciones de la vida. El dinero aplicado en un viaje no es un gasto, sino una inversión. Su retorno viene en forma de cultura, de comprensión, de percepción, de experiencia y, principalmente, en forma de vida. Un viaje no termina en el regreso. Sigue en nuestro recuerdo en forma de imágenes, sonidos, olores, texturas.
 
Recuerdo cuando viajé al Sahara con Avi, un amigo israelí. Él conducía un camión preparado para aquellas condiciones del desierto. De repente, puso el brazo fuera de la ventana, apuntando para un lugar en medio de la arena y dijo:
 
– Un nómada. Entrecerré los ojos e intenta encontrar el habitante del desierto a que se refería, pero lo máximo que vi, además de la arena, fue un pequeño movimiento que me hacia recordar el agua sobre las dunas – era la ilusión causada por las olas de calor que el suelo devuelve a la atmósfera. Notando mi dificultad, paró el camión y nos bajamos.
 
Entonces vi a un hombre y su camello, los dos tenían el mismo color, el color del desierto, todo en una bella y perfecta armonía.
 
– ¿Adónde va? – pregunté por decir algo y cortar el silencio elocuente del desierto.
 
– Siempre está en movimiento – me explicó mi amigo. No necesita tener un lugar para ir. Es un nómada que no sale del desierto, pero siempre está viajando porque ésta es su esencia. El habitante del desierto no se detiene, como las dunas que se mueven permanentemente. Sabe que, si para, puede ser cubierto por la arena.
 
Así somos todos nosotros, occidentales urbanos, que necesitamos estar siempre en movimiento para no ser cubiertos por el polvo del tiempo y el moho de la acomodación. Un viaje puede no ser la vida, pero es una bella metáfora de ella, pues nos enseña una realidad mayor y nos abre el alma para el entendimiento.
 
Sin embargo, vale recordar que un viaje está formado por partes y, una de ellas, es regresar a casa. Es feliz quien considera éste uno de sus mejores viajes. Entre otras cosas, viajar nos enseña a amar nuestro hogar, nuestro país, nuestra gente. Como dijo Goethe, sabio es el que consigue crear, para uso propio, “raíces y alas”, las dos grandes posibilidades humanas.
 
Traducción: Nylcea Pedra ([email protected])